El horizonte cultural de la denominada sociedad-red perfila en nuestro tiempo el contorno de una forma diversa y compleja de intercomunicación, en la que la diferencia es la norma y el ruido creatividad (Castells, 1997) (Downey/McGuigan, 19999. Si una característica define los itinerarios culturales de la experiencia comunicativa tardomoderna es sin duda el nomadismo. La desterritorialización y aculturación producidas por la dialéctica acelerada del cambio social en la época contemporánea convierten hoy la comunicacación itinerante en norma del consumo cultural, desformalizando los puntos de anclaje de la experiencia, al punto de condensar en la metáfora de la navegación el único marco posible y deseable del actual orden social, y simbólico, con el que se construyen los campos del imaginario social. Como resultado de este proceso intensivo de mediación industrial del universo simbólico, emerge, con toda su transparencia, una semiosfera permanentemente atravesada por el conflicto y la contradicción, la apertura y confusión interdiscursiva, así como la autorreferencialidad y el multiculturalismo (Abril, 1997) (Chambers, 1995) (Clifford, 1999).INTRODUCCIÓN
En el paso de la interdiscursividad a la transdiscursividad transitiva de un orden comunicacional que eleva a su máxima potencia las capacidades combinatorias de la información, hemos redescubierto, al fin, que "lo sígnico es el campo de la indeterminación, de la ambivalencia, de la desviación, de la relatividad; es el campo (en fin) en el que todo se decide socialmente, y se determina por circunstancias, por relaciones, por prácticas sociales, que se especifican en cada ocasión" (Ponzio, 1998 : 114). Hoy sabemos que los procesos discursivos son mucho más complejos de lo que pensara el paradigma informacional, pues, entre otras cosas, las prácticas comunicativas están en buena parte guiadas por una lógica abductiva, por procesos de cognición de segundo y tercer orden, a partir del lenguaje posicionado e instituyente, de las mediaciones y expresiones culturales por las que el sujeto transforma losmundos de vida que le constituyen y definen (Abril, 1997) (Hall/Du Gay, 1996) (Ibáñez, 1994) (Liebes/Curran, 1998) (Sierra, 1999). Como bien apuntara hace tiempo Lotman, los estratos ecosistémicos de significación operan en diferentes niveles y a través de complejas y contradictorias correlaciones internas, en un espacio semiótico construido a base de intersecciones múltiples y diferentes grados de traducibilidad (Lotman, 1999).
En la fundamentación de un enfoque teórico de la complejidad transcultural de los discursos "capaz de sostener la tensión entre identidad y diferencia, entre singularidad y pluralidad, entre estabilidad significativa y apropiación del sentido" (entre sistema y entorno, dirá Lotman), se advierte por tanto la necesidad de pensar el horizonte semiótico de la nueva comunicación como un horizonte problemático, diverso, conflictivo y, sólo aparentemente inconexo, a partir de los múltiples vínculos y de las redes de relaciones imbricadas en el cambio cultural que vivimos (Zavala, 1996).
EL ENREDO DE LA MEDIAMORFOSIS
En el nuevo espacio-tiempo de las comunidades virtuales de información y conocimiento que hoy transforma el imaginario colectivo, la primera y principal pregunta que cabe hacerse a este respecto es por la representación que de la sociedad hacemos y las relaciones que hay entre esta representación y las situaciones y acciones en que intervenimos y con las que construimos, en la era de las máquinas inteligentes, desde lo inmediato ese entorno extraño, a la vez que trascendente, que es lo social. La cibercultura ha traído a primer plano, en este sentido, nuevos cursos metafóricos con los que leer y escribir colectivamente, el lazo social, transformando significativamente los patrones culturales y marcos de referencia de la modernidad (Echeverría, 1995) (Harvey, 1989).
Las nuevas formas de organización de lo informativo por medio de los sistemas digitales de procesamiento de datos está modificando, de hecho, las habituales pautas de consumo y expresión cultural, haciendo viable no ya la intertextualidad productiva, teorizada con rigor por Bajtín, sino incluso, potencialmente, la producción textual universalizada, así como nuevas sinergias cognitivas a través de las redes de intercomunicación social (Landow, 1995).
Las características más destacables de este nuevo dominio electrónico son, entre otros rasgos :
Con la conectividad global en las nuevas redes multimedia, el proceso de transmisión y asimilación del conocimiento participa así de una lógica descentralizada y reflexiva de intercomunicación, que revoluciona y desformaliza las actuales estructuras y procedimientos institucionales consagrados por el sistema social. Esta tendencia emergente en la evolución de los nuevos medios, y las nuevas mediaciones culturales, tiene su máxima expresión en el movimiento cibercultural que anima Internet. Un entorno que expresa, al menos indicialmente, lo que a nuestro juicio significa la revolución digital en el ámbito de las culturas mediáticas, como resultado de cuatro desplazamientos fundamentales :
La tecnología multimedia plantea, en opinión de De Kerckhove, una reconceptualización de los problemas de información y conocimiento, respecto a la estructura social y la cultura de nuestro tiempo. Pues, entre otras razones, el sistema multimedia cuestiona la concepción informática de la comunicación, en favor de una concepción interactiva, compleja y dinámica de los procesos culturales, y de la actividad y la organización social, acorde con la naturaleza dialéctica y construida – estructura, pero también estructurante y estructurable – de toda ecología humana.
La "desrealización" del orden informativo por los nuevos medios digitales trastoca así los parámetros de medición, representación y control cultural, dando lugar a la emergencia de lo imaginario, históricamente reprimido en la consolidación y materialización de la identidad autocentrada y racionalizadora del sujeto de la modernidad, del "homo typgraphicus" (Ford, 1994) (García Canclini, 1997) (Poster, 1993). En la medida que las redes telemáticas y las nuevas tecnologías digitales están separando la información del plano físico de transmisión, lo que permite hoy que cualquier sujeto utilice la tecnología de la producción textual en su máxima potencia, la universalidad y homogeneidad constitutivas de la comunicación de masas entran así, en la práctica, definitivamente en crisis, como también, desde luego, en la teoría.
TEORIZAR LA COMPLEJIDAD; COMPLEJIZAR EL PENSAMIENTO
En el tiempo de las "redes distópicas", de los flujos de transversalidad informativa, los procesos de comunicación constituyen fenómenos de una densidad sociocultural problematizadora (Galindo, 1998). La crisis de la razón en nuestro tiempo es la puesta entre paréntesis del poder de representación, la conciencia de los laberintos que escapan a la horizontalidad del mapa, asumiendo de antemano la imposibilidad de cartografiar el mundo en el que vivimos con garantía de éxito (Jameson, 1996) (Lash/Urry, 1998) (Gargani, 1983). Pues la multidimensionalidad de los fenómenos sociales abordados revela la complejidad constitutiva de la realidad que percibimos y transformamos, en el proceso mismo de definición de los límites de lo real y de lo imaginario ( Poster, 1990).
Pensar teórica y metodológicamente, la comunicación significa hoy proyectar dinámicas nómadas, dislocadas, del vivir y vagar humanos en la contemporaneidad cultural discontinua que vivimos (Guattari/Negri, 1998) (Curran/Morley/Walkerdine, 1998).
La multiplicación de los referentes y repertorios culturales, la diversificación y con/fusión de los discursos mediáticos, la convergencia de los dispositivos y recursos tecnológicos y la misma transformación incesante de la ecología de medios, en virtud de la tendencial orientación integrada de soportes, canales y entornos, han favorecido una multiplicación y continuo mestizaje de los imaginarios que, más que respuestas ajustadas, solicitan del investigador estrategias de identificación y consideración de los problemas asociados a estos procesos con mayor reflexividad y capacidad de autodeterminación (Guattari/Negri, 1996).
Lejos como hemos visto de seguir un modo de producción unívoco, jerarquizado y distributivo, la producción social de información y conocimiento se organiza en la era Internet por medio de procesos transversales y multidireccionales de codeterminación y de integraciones e hibridaciones varias por las que se intercambian y comparten, en algunos casos indistintamente, entre diferentes gruupos, los repertorios, referentes e imaginarios colectivos, así como las señas y componentes de identificación y pertenencia, como parte de una dinámica de "ensamblaje social" en la que aquellas comunidades tradicionalmente desapercibidas pueden ser objeto de acceso para el conjunto de las comunidades imaginarias (García Canclini, 1997). En este contexto, la identidad cultural y la producción simbólica son condicionadas por nuevas coordenadas espaciotemporales de recreación de los sentidos pertinentes y necesarios para el sujeto de la modernidad reflexiva, de acuerdo con prácticas sociales y lógicas institucionales que afectan incluso las condiciones de delimitación lingüística y revelan el carácter dialógico de la producción social de la cultura (Sierra, 1999) (Adam, 1990).
En la dialéctica de la desterritorialización y la reterritorialización acelerada, la cultura ha sido sometida en la época moderna a un proceso de progresivo desanclaje para llegar hasta nuestros días a imponer el nomadismo como condición de la experiencia cultural tardomoderna. La cultura de la navegación, la cultura de la crisis comunicacional, de las migraciones y mediaciones culturales hibridadas y descentradas, polivalentes y diversas, ha transgredido así definitivamente las leyes culturales de la proxemia, del territorio y las fronteras, de los modos de identificación de lo propio y lo ajeno, de lo cosmopolita y lo local, para ir instaurando una lógica transversal y constructiva – autónoma, diríamos – de producción de las diferencias culturales, en función de una forma de organización espaciotemporal de la experiencia, del sentir y del sentido, del saber y del creer, que por necesidad ha asumido por principio la interculturalidad, el reconocimiento del otro, de la alteridad como identidad y asimismo el principio de una cultura del diálogo.
En la encrucijada semiótica de la complejidad cultural, el investigador en comunicación ha de pensar por consiguiente las matrices de articulación diversa del tejido sociocultural tramado en nuestras formas contextuales, históricas – pero también situacionales y vivenciales – de acción, conocimiento y representación social como un problema de aprendizaje constructivo de identificación y diálogo intersubjetivo a través de las redes transversales de producción del imaginario
Tales cambios apuntan la necesidad, satisfecha en parte por la trayectoria seguida hasta ahora por los estudios culturales, de una reorientación de la agenda y las líneas estratégicas de la investigación en comunicación :
Los logros alcanzados por la Teoría de la Información en las formas de acceso y representación de las culturas mediáticas muestran, en efecto, un horizonte de saber complejo que los investigadores en comunicación han de considerar, consecuentemente, en su esfuerzo por construir y determinar, prácticamente, el universo de la mediación desde una clara voluntad democratizadora, esto es, desde una competencia y reflexividad cognitiva metacomunicacional, que integre no sólo realidades disímiles sino también actores y grupos distintos. La nueva ecología de la comunicación exige, en este sentido, una ética dialógica de la comunicación, como cultura de aprendizaje de las multimediaciones culturales, que haga factible la apropiación simbólica, y material, del universo de la información, a partir de la problemática tensión entre la identidad y la diferencia, la unidad (coherencia significativa) y la pluralidad (la apropiación del sentido) que invariablemente nos muestra la experiencia cotidiana en la que vivimos y materializamos la producción y reproducción de las representaciones sociales (Hall/Du Gay, 1996).
La apuesta por una ética comunicativa adquiere aquí, desde luego, una dimensión civilizatoria y manifiesta una concepción lingüística coherente con la plurivocidad y pluridiscursividad del universo sociocomunicativo en el que nos desenvolvemos, como realidad producida comunitariamente en los contextos histórico-culturales concretos en los que la palabra se presta, negocia, construye e intercambia. En este sentido, "la revolución bajtiniana consiste en volver a proponer – y además como condición de posibilidad concreta objetiva, material, histórico-social, y no abstracta, utópica – la dialogía de una diferencia que, por su constitución, está imposibilitada a ser indiferente respecto al otro" (Ponzio, 1998 : 15). El diálogo, decía Freire, es una condición existencial y atraviesa los procesos de subjetivación, histórica y socialmente. "Las intersecciones de los espacios de sentido, que generan un sentido nuevo, están ligadas a la conciencia individual. Con la difusión sobre todo el espacio de una lengua dada, tales intersecciones forman las consabidas metáforas lingüísticas. Estas últimas son hechos de la lengua común de la colectividad" (Lotman, 1999 : 35).
El espacio de la transdiscursividad, en otras palabras, es la realización de la comunicación como comunidad : el reconocimiento de las redes intersubjetivas y comunitarias de interacción y socialización (Dabas/Najmanovich, 1995). Lógicamente, la función del sujeto, del intelectual, investigador o analista de los medios, dista aquí un abismo de la perspectiva semiocentrista o informacional del teórico como lector o intérprete privilegiado de los signos culturales. "El lugar del sabio ya no es el lugar del especialista, sino el lugar universalizante del multiespecialista, o mejor, de una comunidad intersubjetiva" (Ibáñez, 1986 : 99).
Si las estructuras de cambio, las implosiones y explosiones culturales, las dinámicas de aculturación e interculturalidad, materializadas en las nuevas formas institucionales de mediación social, proyectan en nuestra época un horizonte inestable, móvil, hibridado, de una cultura glocal revolucionada, y revolucionaria, parece lógico pensar que, ante la emergencia de una semiosfera mediática como ésta, se trate de captar el universo simbólico de manera distinta, a través de un estilo de investigación participado, que asuma en su radical diferencia la heterogeneidad instituyente de las prácticas culturales. De la futura asimilación de esta nueva cultura de investigación dependerá, no quepa duda, las posibilidades de la democracia y los derechos de la ciudadanía, así como , por supuesto, el alcance de la revolución cognitiva con los nuevos medios de aprendizaje en el proceso de configuración de lo que ya algunos autores denominan "tercer entorno".
COMUNICACIÓN, UNIVERSIDAD Y CAMBIO SOCIAL
Todo sistema – advierte Edgar Morin – es, por definición, abierto y cerrado. Para reconocerse como tal debe proceder a establecer clausuras y distinciones con el ecosistema en el que se instituye. Pero, al tiempo, necesita abrirse a los cambios y turbulencias del entorno como condición de subsistencia. El campo profesional de los comunicadores ha tendido sin embargo, en los últimos años, a un encerramiento estéril, poco adecuado a los retos culturales que emergen con la nueva sociedad del conocimiento, mientras la formación universitaria camina rutinariamente por los caminos trillados de la ciencia periodística, trazados hace más de un siglo.
Esta, sin duda alguna, es la contradicción más significativa de nuestro tiempo, pues pensamos – parafraseando al profesor García Canclini – como ciudadanos del siglo XIX, cuando en realidad los usuarios de la comunicación son consumidores que viven y se relacionan a partir de patrones culturales del nuevo milenio.
La transformación social acelerada y el desarrollo de nuevas condiciones culturales de organización del cambio social establecen, ciertamente, un nuevo escenario de interacción comunicativa que exige lógicamente nuevas respuestas en las estrategias formativas de los profesionales de la comunicación.
La ecología mediática que emerge del modo de producción informativa con el que leemos, trazamos y activamos el lazo social favorece sinergias cognitivas que multiplican la creatividad cultural haciendo necesario un nuevo sujeto profesional de la información :
El nuevo mediador cultural de la civilización tecnológica no debe, ni puede, seguir ejerciendo como informador, como dispositivo amplificador de fuentes institucionales, como con el habitual tratamiento de la noticia, por ser él mismo fuente y servidor cultural, en el escenario de la convergencia de las nuevas comunidades hermenéuticas. La sociedad informacional está creando un universo capilar de canales, medios, contenidos y señales en el que la socialización del poder de informar y pensar, colectivamente, a través de las redes de interacción y conexión en tiempo real cuestiona radicalmente la función periodística, tal y como la conocemos. Convergencia y comunidad, estas son dos de las palabras clave de la sociedad del conocimiento, a juicio de los futurólogos de la civilización tecnológica, a los que cabría añadir la relevancia de los contenidos.
Sin entrar a analizar los cambios del entorno que los nuevos profesionales de los medios observan sin considerar a fondo, en el propio sistema informativo hoy se constatan cambios – no sólo tecnológicos – significativos que inciden en la necesidad de un replanteamiento de la actividad de los mediadores de la comunicación y, desde luego, de la cultura profesional y académica que la sustenta. En la era de la "conectividad global", el profesional de las industrias de la conciencia debe, en consecuencia, dejar de ser un informador para comunicar, como medio (él mismo) de reflexividad social, las trayectorias, las pautas, los desniveles y contradicciones del campo cultural.
Lo que viene demandando la sociedad cognitiva es una competencia informativa centrada más que en el contenido, o el producto, en el proceso. El comunicador, en otras palabras, debe proporcionar herramientas y mapas de navegación, debe garantizar los medios necesarios para cartografiar el universo cultural, haciendo factible la "hipertinencia informativa" en la focalización y acceso preciso a la información necesaria, al conocimiento. Esto es, el sujeto profesional de los medios debe pensar al revés, debe replantear una nueva relación simbiótica entre inteligencia y lenguaje, desde una lógica de la interlocución y la pluralidad, del multiculturalismo y de la dialogicidad característicos de las sociedades complejas, o de las sistemas sociales de segundo orden.
La idea apuntada aquí no es ni mucho menos original, salvo en relación a. las condiciones históricas en las que se formula. Cuando en 1964, CIESPAL diseñó el plan tipo de Escuela de Ciencias de la Información Colectiva, proponiendo una concepción del COMUNICADOR POLIVALENTE como un profesional apto para desempeñar cualquier actividad comunicativa dentro de la industria cultural, anticipaba hace décadas una tendencia hoy imparable en el campo profesional, cuyo universo de acción, al que deben enfrentarse los futuros egresados, es por definición múltiple y diverso.
La formación integral de los saberes prácticos y los conocimientos teórico-metodológicos constituye pues un primer compromiso frente a la especialización y la fragmentación tecnológica hoy dominante en los diseños curriculares de las Facultades y centros de educación superior del campo académico.
Tampoco podría decirse que la apuesta por modelos de formación que vinculen la comunicación al desarrollo sea nueva. Desde la década de los sesenta, las facultades y escuelas latinoamericanas de comunicación han venido creando unidades y políticas de investigación pensadas al servicio del "desenvolvimiento comunitario". Hoy, sin embargo, adquiere, como veremos, una nueva función y sentido social a raíz del cambio mediático en marcha. La preeminencia de la comunicación interpersonal sobre lo masivo ha afirmado como necesaria en nuestra época la política de la diferencia y el reconocimiento de la compleja trama cultural de un horizonte semiótico conflictivo, diverso, nómada, hibridado y progresivamente des(re)territorializado.
En este escenario, la garantía del progreso de la comunicación crecientemente diversificada y con/fusa de los discursos mediáticos es el regreso al sujeto. Si el periodismo clásico ha impuesto al profesional de los medios la norma cartesiana de la objetividad, según la lógica difusionista y – en palabras de Moles – también conservadora de la cultura de masas, hoy el profesional de la comunicación tiene ante sí el reto de la intersubjetividad y del diálogo.
El problema es si la enseñanza en nuestras facultades y escuelas de comunicación es la adecuada a este reto de la intersubjetividad. Parece lógico pensar, por un lado, que la defensa profesional del derecho a la información como una prerrogativa exclusiva (y excluyente) del ejercicio de la mediación a cargo de las instituciones y profesionales de la actividad informativa no es sostenible en el actual horizonte mediático. La cultura de la interactividad que empieza a socavar nuestras instituciones demanda un modelo de organización y formación distintos. En la era Internet, el razonamiento jurídico no puede legislar en términos de escasez de canales privilegiando así el acceso a las fuentes de los profesionales de la información, del mismo que las políticas culturales no pueden ser definidas en términos de distribución (y democratización) de la cultura, desde una concepción despótica del saber y del poder social, cuando asistimos a la lógica de la multiplicación y autogeneración del conocimiento, en manos del obrero social (Negri, 1980).
En la universidad, seguimos formando sin embargo a periodistas según los principios que Edgar Morin ha criticado como pensamiento simplificador y bárbaro, esto es, como un pensamiento monológico y autocentrado. En nuestras facultades la enseñanza de los profesionales de la comunicación tiende por lo general a la especialización y a la fragmentación, a la rutina y, sobre todo, a la jerarquización y a la unidireccionalidad.
Hace muchos años, en la década de los setenta, cuando el pensamiento crítico renunció a caminar por los itinerarios culturales trazados y ya conocidos, en su apuesta por la utopía, recuerdo que algún que otro comunicólogo señalaba que en la era de la explosión mediática era necesaria la implosión educativa, convirtiendo los centros de educación superior en comunicación en laboratorios de experimentación social. A la vista de las tendencias dominantes en la investigación en comunicación, lejos quedan desde luego aquellas propuestas. Ello no significa, sin embargo, que hayan perdido vigencia. La cultura académica que demanda la sociedad y el mundo en que vivimos pasa por la utopía, por la imaginación, por la creatividad, por unos centros de formación de comunicadores orientados a la Investigación y el Desarrollo (I+D).
Nuestras instituciones universitarias caminan , sin embargo, en dirección contraria, desestructurando las escasas formas de articulación social, más allá del mercado.
Al ser un campo académico insuficientemente formalizado y de relativa juventud, pero sobre todo, al regirse por una lógica mercadotécnica, se observa :
Tales tendencias se agravan aún más, en los últimos años, por la asimilación de una política neoliberal, de nefastas consecuencias en el campo profesional y académico. El binomio Universidad/Empresa ha sido progresivamente instalado en el mismo corazón de los programas universitarios, asumidos por todas las políticas culturales de raigambre educativa. Competitividad, modernización, calidad y excelencia académica son los conceptos-anzuelo instrumentados a modo de panoplia por el nuevo discurso publicitario del capital que la contraofensiva conservadora ha generalizado privatizando el conocimiento : directamente, mediante la eclosión de universidades e institutos de investigación privados, e indirectamente, con la asunción de los principios modernizadores de la globalización.
La Universidad constituye de este modo un fondo de inversión , eje de diversas acumulaciones :
Situada entre la duda de lo complejo y lo dado por manifiesto, la institución universitario se pliega a la imperiosa agenda de las necesidades inmediatas (medir el conocimiento de los alumnos para deglutir su saber), llevada por la inercia y los requerimientos burocráticos del poder y jerarquías existentes por siglos en los templos del saber.
Si la renuncia a la reflexividad epistemológica ("para qué poder saber") abandona a la Universidad a la suerte práctica del saber como técnica o saber-hacer operativo, al margen del núcleo de las transformacioines que experimenta el proceso de producción y distribución del conocimiento social, las consecuencias de esta política cultural en el caso de la comunicación son mucho más patentes si cabe :
El neoliberalismo educativo iniciado en los años ochenta ha institucionalizado finalmente el campo académico bajo el manto protector de la cultura privativa. Las escuelas se orientan así al problema de la competencia comunicacional como dominio de la técnica según un modelo profesionalista orientado por tres principios:
Al margen quedaron los principios básicos de la formación intelectual humanista, el conocimiento crítico de la sociedad y la cultura, así como la vocación reflexiva de los comunicadores. La flexibilidad y polivalencia que demanda el nuevo modo de organización de la producción se identifican hoy con el culto a la empresa y el discurso productivista de la calidad total. Un enfoque a todos luces poco válido si observamos, como hemos apuntado, los procesos de transversalidad y extitucionalización de la sociedad digital.
Dicho de otro modo, si en términos foucaultianos Saber es Poder, la educación de los comunicadores ha de cumplir un papel transformador adecuado al cambio social, mediante una praxis investigadora que conciba la información y el conocimiento como socialización del poder. El reto, en fin, es articular, religar, contextualizar, hacer realidad el proceso de globalización cultural a partir de tres principios – dialógico, recursivo, hologramático – básicos en la reforma del pensamiento y del aprendizaje, como un proceso de integración de la complejidad humana : aquí y ahora. Pues, como nunca antes, la distribución del saber social y el modo de organización informacional del conocimiento se ha revelado como un problema básico de supervivencia.
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