Información audiovisual y educación

Mariano Cebrián Herreros 
Catedrático de Información Audiovisual de la Universidad Complutense.
 

 
 
 

Extraído del libro: Información audiovisual. Concepto, técnica, expresión y aplicaciones. Síntesis, Madrid, 1995, págs. 486-495)

Se ha insistido excesivamente en dividir la programación y las funciones de los medios en compartimentos incompatibles según la información, formación, diversión y persuasión. Pero la regla de oro de todo programador es congregar estas funciones en cada unidad programática. De esta manera, por ejemplo, lo formativo, o antiformativo se encuentra diseminado en el conjunto y continuidad de programas. Programar es planificar, distribuir, dosificar y ordenar unos mensajes a lo largo del tiempo. Tal acción programática corresponde no sólo a los elaboradores de cada programa, sino a la emisora. Es precisamente a través de la programación como la empresa radiotelevisiva, estatal o privada, de servicio público o comercial, manifiesta su ideología y sus tendencias educativas o antieducativas.

El mensaje se sitúa en el punto de relaciones de competitividad y complementariedad de las emisoras de televisión existentes en un país y dentro de cada una de ellas en los diversos programas o canales que ofrezcan. El mensaje educativo emana de todas las posibilidades que el receptor tiene de seleccionar mensajes televisivos. De poco sirve crear programas específicamente educativos si en otras emisoras se desatienden tales orientaciones o se va directamente contra los principios que dan vida a dicho canal. Se requiere una labor conjunta y coordinada. Más que preocuparse por la creación de una televisión educativa debería preocupar la educación que se emite por el mismo u otros canales no denominados educativos, pero que tienen más repercusión en la sociedad por ser los de mayor atractivo para la audiencia.

La televisión se ha convertido en la constante acompañante del individuo, familias y grupos en las horas de ocio. Y entre los sectores sociales hay que destacar, por la importancia en la formación y desarrollo de su personalidad, el de los niños. La televisión al presentar a los niños los primeros descubrimientos del mundo se convierte en la guía y forjadora de su cosmovisión. Pero lo que la televisión ofrece son unas realidades artificiales, unos reflejos aparentes y a veces encubridores de la autenticidad de las personas y de los hechos. Y esto ocurre por la mediación humana y por la intercalación de medios técnicos que crean un nuevo mundo. La televisión agranda o empequeñece la realidad, crea espacios y tiempos nuevos, la transforma y la interpreta.

Cada día se hace más imprescindible, como necesidad social, la enseñanza de la lectura y análisis de los mensajes audiovisuales y en particular de los subyacentes en los informativos. Aunque la imagen surge en los albores de la humanidad como sistema mágico y comunicativo, es, no obstante, en nuestros días, gracias a las nuevas técnicas productoras y multiplicadoras de imágenes, cuando podemos decir que la sociedad actual vive envuelta en una imagosfera de cuya gravitación ya nadie puede evadirse. Nuestro tiempo será incomprensible sin la consideración de la importancia de los medios de comunicación y en especial de la televisión.

No se trata de abandonar definitivamente el aprendizaje de la lectura alfabética y comprensión de textos escritos, sino de incorporar la enseñanza del lenguaje icónico. No se puede caer en el error de que tal lectura es innata. Sólo la adquisición de una personal y responsable descodificación de los mensajes emitidos por los medios podrá ofrecer al hombre actual el bagaje necesario para defenderse de la contaminación icónica que ha invadido su entorno vital y social. Pero paradójicamente, los medios en general y la televisión en particular, en lugar de responsabilizar a la audiencia, en lugar de dar orientaciones para que se seleccionen programas que fomenten el desarrollo libre de la personalidad y el aumento del nivel cultural, lo que hacen es promover aquellos programas de más atractivo comercial.

La televisión lejos de ofrecer una lectura fácil de su sistema textual como se cree con excesiva ligereza, presenta una organización muy compleja. Lamentablemente su estudio apenas si ha penetrado de forma subrepticia en las enseñanzas básicas y medias. La iniciación a lo que los medios de difusión representan en la actualidad y una preparación para que el hombre desde la edad escolar aprenda a enfrentarse con ellos, sería uno de los mejores antídotos frente al avasallador potencial educativo/antieducativo de sus propuestas textuales. Hay que destacar en contrapartida que la acción debe partir previamente de la propia televisión con una concepción educativa de la realidad que ofrece y en particular de los informadores. La responsabilidad es de todos.

Por ello se desprende la necesidad y exigencia de que los informadores por sus posibles influjos en la sociedad actual para configurar la personalidad de los telespectadores, sean conscientes de la función educativa que cumplen sin proponérselo paralelamente a la informativa con tanta o más repercusión que la efectuada por los educadores durante el período escolar, pues su acción será permanente y casi exclusiva para la mayoría de los telespectadores desde que abandonan las aulas. Su trabajo es el de mediador y no el de un impostor; el de un investigador y no el de un encubridor de los aspectos, antecedentes y consecuencias de los hechos para situarlos en sus contextos con el fin de que el espectador con toda la información que le recopilen elabore un juicio crítico sobre los hechos. El informador actúa como un documentalista que recopila todos los datos informativos necesarios para que otra persona, el telespectador, configure su versión sin necesidad de dedicarse personalmente a tal investigación.

1. Dimensión educativa de la programación televisiva

La programación informativa en televisión recoge los problemas, tensiones y soluciones políticas, económicos o sociales de la vida cotidiana. La manera de enfocar tales hechos e ideas comporta una determinada visión de la realidad. Cada informador, cada emisora, a pesar de sus intenciones de respeto por la objetividad, ofrece una interpretación conforme a su formación, ideología y cosmovisión. La audiencia que siga sólo un medio informativo recibirá un enfoque único, sin contrastarlo con otras versiones y opiniones sobre los aconteceres. Su conocimiento de la marcha social, política y cultural del país dependerá del prisma de la emisora que ha difundido la información. Estará condicionado por el medio. La forma de contrarrestar tal información puede desarrollarla con amistades, compañeros de trabajo y familiares, pero siempre tendrá como referencia lo recibido por el medio y la credibilidad que en él tenga. La audiencia recibe la información sin que con antelación, próxima o remota, se le haya preparado y formado para filtrar y reflexionar sobre los mensajes emanados de los programas. El espectador individual, y la audiencia en general, desarrollan su experiencia personal de la historia reciente, mediante la información diaria que seleccionan y elaboran los medios de difusión especialmente los audiovisuales.

Los educadores y familias se preocupan por la falta de programas televisivos para niños. Se preocupan también ante los existentes por la carga educativa que encierran: les incomoda la orientación de los programas infantiles y juveniles. Se olvidan con frecuencia que los niños suelen seguir más los programas para adultos que los dirigidos a ellos, especialmente cuando sobrepasan los ocho años. Incluso en aquellos casos en que los padres son los que efectúan la selección y no permiten que sus hijos vean otros, los niños no estarán exentos de que a mitad de programa les introduzcan unos mensajes publicitarios y de autopromoción dirigidos a adultos, y que antes o inmediatamente después se encuentre con programas informativos o programas dirigidos a otras audiencias. Este sentido programático es específico de la televisión. La televisión no puede ser analizada por programas aislados, sino en el conjunto programático. Es a través de este entramado como se transmite el mensaje definitivo de la televisión. Todavía se sigue, tal vez por inercia, comparando un programa de televisión a una película cuando ambos funcionan de forma distinta. Ni siquiera la película que se pasa por televisión es la misma que se ve en las salas cinematográficas. No sólo hay una transformación técnica, sino que se la introduce en unos contextos modificadores parcialmente de su sentido autónomo como película.

Se pierde además la perspectiva de que la edad infantil y juvenil, aunque fundamental en la construcción del hombre, sin embargo, es un tránsito rápido hacia la edad adulta. Si los programas infantiles y juveniles alcanzan desde los cuatro hasta los dieciséis, es decir, doce o quince años de una persona, los programas informativos a los que se expondrá cubrirán más de cuarenta o cincuenta años de vida adulta. Estos programas informativos son con frecuencia la fuente fundamental del conocimiento del mundo que gira alrededor de cada uno. Su personalidad no se construye en estos años, pero sí se desarrolla paralelamente a ellos. La escuela, los centros de educación enseñan la historia, pero apenas se les enseña a mirar el mundo que les rodea. No se le enseña a interpretar la información de la actualidad. Lo que sabe no es por la recepción crítica del plan de estudios, sino por la permanente exposición a los mensajes televisivos. Ve el mundo actual no por lo que le enseñan en la escuela, sino por lo que observa fuera, en la otra escuela: la televisión. El hombre actual recibe el conocimiento de su entorno gracias a los nuevos medios de difusión y en particular a la televisión como lo demuestran las encuestas sobre el uso del tiempo de ocio.

Gran porcentaje de la población ve la televisión diariamente. Parte de la misma no lee nunca el periódico. La visión del mundo actual de estas personas depende de la información dada por la televisión. Por este motivo hay que atender no sólo el corpus de los denominados restringidamente programas educativos, sino también aquellos programas más seguidos por la sociedad y en los que subyacen unos mensajes educativos paralelos: los informativos. Se trata de captar la incidencia no sólo en el saber (experiencia transmitida por los informadores), sino también en la sensibilidad, afectividad, modelos de comportamientos y, en definitiva, en el desarrollo de la personalidad, en el «aprender a ser».

1.1. Fomento de la sensibilidad analítica y crítica

Tal embrión educativo hay que entreverlo en el análisis semiótico de los contenidos informativos. Las redes de signos, el cruce de ideas dulcificadas en colores y en representaciones lúdicas e hilarantes han tendido una malla que apenas deja ver la realidad directamente. La inmensa mayoría de la experiencia acumulada por el hombre actual no es elaborada personalmente, sino trasvasada por otras personas. Se tiene una idea del mundo presente —en su sentido espacial y temporal— no por conocimiento directo, sino por los mensajes emanados de los medios.

La información televisiva es una práctica en la que confluyen la técnica, la comunicación y la pedagogía. Un ejemplo de tres funciones unidas en un mismo quehacer. Todo intento y provocación de división de fuerzas producirá inmediatamente una víctima: el destinatario.

La programación televisiva es un canal de la ideología del grupo que la domina. Mientras el telespectador no ejerza un juicio crítico de lo que recibe los mensajes entrarán en su vida sin discernimiento alguno. Entre lo diversivo, lo persuasivo, lo informativo, se infiltran concepciones del mundo, puntos de vista de otras personas que intentan atraerle o confirmarle en la ideología mientras le ocultan la de otros. Ningún mensaje es neutral, ni inocente.

Lo educativo en el ámbito de la información no es un apartado encasillado dentro del texto total. Es uno de los niveles en que se organiza. Un texto es susceptible de múltiples lecturas. Depende de la óptica adoptada. Aquí interesa examinar el nivel de significación educativa presente en los textos informativos.

Con el análisis no se trata de separar y aislar lo que forma un bloque unitario. Los programas son la concentración de diversos textos cada uno de ellos con una carga emocional e ideológica peculiares. Será tanto más vivo, más atractivo, interesante y perdurable cuanto más reúna todos los valores. De ahí que lo que se pretende es optar por una perspectiva educativa y efectuar un zoom sobre la información televisiva, transmisora de un sistema de valores, orientaciones de la personalidad, incidencia de la sensibilidad, afectividad de las personas y de la sociedad global. La semiótica educativa se concentra sobre todos los códigos susceptibles de catalogación. Nunca se sabe cuáles son los que la audiencia heterogénea va a descodificar con mayor influencia en su vida, tanto en un sentido funcional como disfuncional, tal como lo ha comprobado la sociología. La semiótica se encarga de detectar la ideología subyacente tras los signos elegidos para representar informativamente unos hechos.

1.2. Tendencia aseverativa e impostora

La información televisiva dimana de una tecnología que afronta la realidad mediante la selección, valoración, tratamiento y presentación. Frente al criterio y concepción de la información como reflejo, como espejo de la realidad, se impone el de la interpretación. Se piensa que la televisión al emplear una tecnología, permite ver la realidad tal cual es por el simple hecho de instalar las cámaras ante la misma. Pero la técnica transforma la realidad, incorpora su «subjetividad» interpretativa. El mito de la técnica objetiva hay que desecharlo desde el momento en que toda técnica, además de ser manejada por personas, añade modificaciones propias según los aparatos y dispositivos seleccionados para cada proceso informativo.

Han cambiado también las posibilidades de acceso a la información. El conocimiento del entorno se ha ampliado a todo el globo. El niño puede recibir información elaborada en un país extranjero sobre otro país lejano. La experiencia directa del entorno inmediato, de pocos kilómetros de diámetro, se ve contrastada constantemente con la experiencia artificial e indirecta de la televisión por satélite. Su vida se ve, además, sacudida por esta nueva situación. Hoy es tan ciudadano del mundo como de su aldea o barrio particular y, sin embargo, por diversas dificultades apenas tiene posibilidad de adquirir una experiencia directa de hechos lejanos.

Además de los cambios técnicos en el orden geopolítico hay otros internos que varían la capacidad de selección, tratamiento y presentación. La informática invade horizontalmente todo el proceso de producción informativa. Surge una manera nueva de ver la realidad. Las imágenes adquieren rasgos sintéticos, rotan sobre sí mismas, vuelan por la pantalla, se desdoblan, adquieren configuraciones efectistas y una sensación tridimensional superior. Las imágenes se asocian a sonidos nuevos. Se ve la realidad con unos sonidos peculiares e incluso identificadores, como sucede con toda la información relacionada con el descubrimiento del espacio sideral. El grafismo electrónico es capaz de simular la realidad de hechos no captados por las cámaras. La simulación dibuja guerras galácticas posibles pero inexistentes. Se adquiere experiencia de la realidad antes de que ésta exista. Se genera una preparación inconsciente antes del previsible cumplimiento de los hechos.

Las informaciones se llenan de escritura fija o en movimiento. Nace una manera de leer una escritura fugaz e interrelacionada simultáneamente con imágenes y sonidos. No es la lectura sosegada de un libro, ni de la pantalla electrónica, sino una manera nueva que obliga a multiplicar los reflejos de descodificación audiovisual de manera cada vez más acelerada.

La innovación técnica propicia nuevos recursos expresivos no sólo en la presentación de nuevas imágenes, de realidades nunca vistas, e incluso nunca producidas, sino también en la organización secuencial con que se muestra la realidad. Las técnicas del montaje multiplican las perspectivas de aproximación a la realidad. Hay un incremento de noticias, pero que por su corta duración apenas permiten entender su alcance; se acumulan los puntos de vista, la presencia de protagonistas y testigos, se contrastan hechos y opiniones, se sirven síntesis informativas con muy escaso tiempo para su análisis.

Estos enfoques incrementan la característica esencial de la televisión de transformar toda realidad que capta en espectáculo. Incluso las situaciones más dramáticas como las de los hechos bélicos o terroristas las convierte en el espectáculo del dolor y desgarro humano tan subyugante.

Tal espectáculo llega a confundirse, por la secuencialidad de la presentación, con el de las imágenes de ficción. La realidad se convierte en un relato en el que las técnicas de elaboración de lo ficticio y de lo real se trasvasan recíprocamente con facilidad y llegan a confundirse con el transcurso del tiempo en la mente del espectador.

La cantidad de información televisiva satura la memoria. Hechos de enorme transcendencia son igualados y aún superados por otros de mayor trivialidad. El torrente de imágenes comprime la sensación del tiempo.

Hay, pues, unas repercusiones en el conocimiento y formación de la sensibilidad y actitud de los espectadores. La realidad es percibida según los hábitos generados por la cadencia de las imágenes. Se percibe una realidad irreal por la ralentización, aceleración, repetición o concentración en determinados aspectos de la misma. Se habitúa a ver la realidad de modo distinto, de tal manera que cuando se vive la experiencia directa se echa en falta la experiencia indirecta y artificial.

Es exigible, en consecuencia, desde la responsabilidad educativa social, una orientación de la información a los hechos que de verdad interesen para el desarrollo permanente de la vida humana en sus comportamientos personales y convivencia social. La televisión, nacida para difundir a todas partes el presente, no puede quedarse en un mero retrovisor con parabrisas empañado o roto. Su misión es la de propagar una información y, paralelamente, una educación sobre la actualidad, desde la actualidad y para la actualidad. La concepción educativa de la información exige la presentación de la multiplicidad de puntos de vista ante los hechos sin ocultar ninguno importante.

Se modifica también la relación entre emisor y receptor por la aplicación de técnicas de consultas automáticas para la detección de opiniones sobre un hecho o unos argumentos que se presentan en ese momento. De esta manera se generan procesos de influencia en la propia construcción de las interpretaciones y opiniones de los hechos. Son situaciones renovadas que reclaman enfoques educativos nuevos.

La televisión desencadena los factores de persuasión latentes en la información. Actúa como espoleta. La información sobre determinados acontecimientos provoca una gran concurrencia a los mismos. Se ha acusado a la televisión de trivialización de los temas. Y efectivamente actúa de esta manera en aquellos casos en que intenta presentar los hechos como algo dogmático. Con esta actitud usurpa el juicio de los espectadores. Apenas hay temas en los que todos los investigadores estén de acuerdo. Desde el momento en que la televisión plantea una perspectiva y oculta las demás no sólo trivializa sino que falsea los temas. Esto es lo más grave. Sin embargo, si la televisión no sobrepasa el punto del mero planteamiento del problema, siempre que ofrezca diversas pautas del mismo u ofrezca varias perspectivas que susciten interés por el tema habrá cumplido su misión.

Los medios audiovisuales insisten en una pedagogía de imposición y aseveración por la carencia de plenitud comunicativa del medio. El sistema de difusión de la televisión es antidialógico. Va de una minoría (fuente-autor) a una mayoría (público receptor). La ideología expresada es la de esa minoría, sea cual sea la tendencia del grupo dominante: política, económica, religiosa. La tarea que se impone es precisamente la de la búsqueda de una comunicación que sacuda la tendencia a la pasividad mediante la participación y la interacción del telespectador con la emisora. Hay que indagar nuevos códigos de implicación.

La información audiovisual al concretar mediante la representación icónica la realidad reduce las posibilidades de fomentar la imaginación del espectador, a diferencia de lo que realiza la radio. Sin embargo, la imagen presenta unos aspectos polisémicos que incitan y provocan al espectador a que proyecte en el momento de la recepción o posteriormente su imaginación y creatividad.

Las peculiaridades de deformaciones que la mediación técnica impone a la realidad como se ha indicado con anterioridad, pueden introducir aberraciones en lo discursivo. El cine, y en general los contenidos de ficción, efectúan también una deformación de la realidad, pero se acepta como se admite cualquier lenguaje convencional para plasmar unas ideas. Sin embargo, en el caso de la información audiovisual a la que se exige, no convencionalismo sino fidelidad, se rechaza. Es la diferencia entre lo admitido como ficción y lo rechazado como sustituto de la realidad. La televisión difunde tan rápidamente la información que obstaculiza la retención y la reflexión sobre las noticias. Priva al telespectador de la valoración necesaria de los hechos. La realidad en la auténtica información televisiva le llega no por vía del concepto, del juicio y raciocinio sino por vía perceptual, sensible. Las imágenes no propician la reflexión, sino la emoción. Conmueven. De ahí que para corregir esta directriz la información televisiva tenga que acudir insistentemente a la palabra no sólo por su capacidad de concisión conceptual, sino también para delimitar, orientar, fijar, contrarrestar las imágenes. Lo que la imagen dice por sí sola es a veces muy poco, se agota en el momento en que se expone al telespectador. Las imágenes para mantener una informacion capaz de llegar al telespectador en toda su complejidad necesita la palabra.

Los medios audiovisuales resaltan el factor consumista de la sociedad no sólo directamente con la información persuasiva de la publicidad, sino también por la presentación de modelos de vida, comportamientos y, en general, con la información que selecciona. Algunos medios presentan las informaciones cargadas de juicios de valor no sólo a través del lenguaje articulado por el uso constante de adjetivos, sino también a través de la selección de imágenes cargadas de ponderaciones y valoraciones. No se separa claramente lo que es noticia pura de lo que es opinión personal.

El uso de las transmisiones en directo es restringido casi en exclusiva para los acontecimientos deportivos, taurinos y algunos actos políticos. Desde el punto de vista informativo los deportes llenan más horas en televisión que el problema del paro laboral. Acontecimientos que la información impresa resolvería en pocas líneas de páginas interiores, la televisión los exalta con una programación de horas como sucede con los acontecimientos deportivos. Se trata de hipoacontecimientos elevados a símbolos de hiperacontecimientos con repercusiones profundas en la conducta, comportamiento y hábitos de una sociedad: hogares llenos a determinadas horas, y calles sin circulación por un programa televisivo. ¿Estos acontecimientos son los representativos de la sociedad durante ese día o durante esa semana? Por supuesto que no, pero estos son los valores que la televisión transmite con mayor asiduidad e importancia temporal desde la perspectiva de la programación. No obstante, no conviene olvidar que tal vez haya sido la propia sociedad la que ha caído en esta subversión de valores.

La televisión crea nuevos mitos, ideales y valores dentro del sistema establecido. Tales modelos pertenecen además a una determinada clase social: media-alta y alta. Los análisis arrojan datos referidos a casas de lujos inasequibles para la mayoría de los ciudadanos, modelos de vida derrochadora coincidente en gran parte con la iconología de las revistas de corazón, presencia constante del hombre y mujer de gran belleza y atractivo; si no lo tienen por su natural se les refuerza mediante el maquillaje; es sintomático que todo entrevistador y entrevistado en estudio tengan que pasar previamente por los maquilladores. Los protagonistas de noticia, los presentadores, los personajes-noticia se refieren frecuentemente a políticos, personas bien apuestas, deportistas, estrellas. Por el contrario, se detecta la ausencia de investigadores, pensadores, artistas, trabajadores. Actúa educativamente como un factor de ejemplarización.

La televisión insiste en la presentación del sistema de valores y de la ideología dominantes en una sociedad a través de las noticias más representativas. Es continuadora de lo establecido.

En esta línea conservadora, la televisión en su relato informativo, tiende a la nivelación, a la «generalización» de importancia de los hechos, no sólo por la continuidad con que aparece lo trivial, anecdótico y fútil junto a lo patético y grave, sino por la valoración que se puede hacer de los hechos, aunque profesionalmente se intente corregir mediante el otorgamiento de unos tiempos, unos tratamientos y un orden adecuados para cada noticia.

Es preciso ampliar el marco del análisis a una esfera superior. En este sentido lo que denominamos macrosemiótica informativa, la que amplía su campo de análisis más allá del texto y sus contextos hasta instalarse en la órbita del ámbito de lo social, económico, político y, en definitiva, en la cultura de una sociedad, es la que entra en funcionamiento. En caso contrario, se perderá la dimensión definitiva del mensaje televisivo y, en consecuencia, su nivel educativo.

A la hora de valorar la información no siempre se fundamenta en el contenido y en la importancia de la información, sino en otros apoyos de exigua justificación. ¿Qué es más importante, la bajada por la escalerilla de los aviones de personalidades políticas sin que se informe de lo que vienen a hacer al país, lo que sería de provecho para todos los telespectadores, pero que no quieren informar de ello, o la información de unos trabajadores que se encierran en una fábrica que sí quieren informar de los motivos y objetivos de su actitud? En esta relatividad de valores es en la que se maneja toda la ideología y todo un sistema de valores establecidos.

Esto conduce a la consideración de un posible distanciamiento entre la realidad que la televisión muestra en sus servicios informativos y la realidad de la sociedad en que se desenvuelve el telespectador. Un distanciamiento que va desde la misma esencia de la técnica que modifica la realidad y las imágenes perceptivas humanas hasta las interpretaciones procedentes de la mediación humana.
 
 

2. La información audiovisual en el aula

La transcendencia que la información tiene para la sociedad actual ha conducido a incorporarla dentro de los diseños pedagógicos curriculares en las aulas. Primero se introdujo la prensa y una vez dominado su proceso informativo, como técnica más rápidamente asimilable, es preciso, para comprender de forma global los procesos informativos, centrarse también en la información audiovisual. El hecho es acuciante por la penetración, expansión y alcance de la misma.

Pero frente al periódico que cuenta con la ventaja de disponer de un soporte fijo, manejable y utilizable en la forma y tiempo que uno desee y, en consecuencia, adaptable a los ritmos de lectura individual y cadencia de comprensión, crítica y contraste, sin sometimiento a aceleraciones ajenas, la información televisiva se basa en una exposición temporal, fugaz e irrepetible.

Para obviar estos inconvenientes se emplea la técnica de registro y reproducción del vídeo. De este modo, la información televisiva adquiere características de manejabilidad en las aulas.

Sin embargo, recientemente se han alzado voces contra el uso del vídeo en las aulas porque, según las mismas, se elimina la experiencia sensorial y comprensiva directa de los alumnos. Se sustituye la imprescindible referencia real por otra vicaria y suplantadora. Sin embargo, con este planteamiento, válido en una consideración abstracta, se olvida un hecho sociológico. Desde los primeros pasos el niño está expuesto a la televisión en el hogar. Conoce la realidad por las imágenes y sonidos antes que por su percepción directa. Y esto, tal como evoluciona hoy nuestra sociedad, es prácticamente insoslayable, salvo casos de encierro en castillos de cristal o invernaderos.

El uso del vídeo como soporte de introducción de la información en el aula, lo mismo que el periódico, supone una suplantación de la experiencia directa, pero también sirve de apoyo para afrontar el hecho de la mediación técnica de la experiencia y conocimiento humanos. Cada vez es más inviable separar la experiencia personal de la realidad, de la experiencia mediada e interpretada por las técnicas. No puede caerse en una pedagogía de avestruz. Es imposible, salvo otros riesgos más graves, eliminar la percepción artificial del entorno. La cuestión radica, pues, no tanto en desgajar una experiencia de otra sino en contrastarlas y hacerlas frente globalmente.

La consecuencia, no puede ser otra que la de la necesidad de reorientar la mirada: pasar de una mirada contemplativa y gozosa propia de los medios audiovisuales, a la mirada crítica y en tensión. Aprender a ver la información no es sólo cuestión de saber seleccionar las noticias, contrastarlas y asimilar o rechazar el conocimiento que proporcionan de la realidad, que sería una actitud de espectador, sino exigir una presencia en los puntos de la toma de decisiones para convertirse en copartícipe de la producción social de la realidad. Es pasar de receptor a usuario activo con exigencias de calidad. Es una toma de conciencia del papel de ciudadano de los procesos sociales en los que unas veces se interviene como protagonista, otras como testigo y las más como destinatario.
 

 

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