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Teaching
Through Texts and Illustrations.
Ma.
Esther Aguirre Lora
Edificio de
la Unidad Bibliográfica, 3er. piso
(Recibido: 29 de octubre de 2000; aceptado para su publicación: 16 de enero de 2001)
Resumen
Palabras
claves: Key
words: Contrariamente
a lo que pudiera pensarse, la práctica de ilustrar los libros con
fines meramente didácticos data de los principios de la modernidad,1
que es cuando se establecen diversas prácticas y discursos sobre
la escuela que hoy nos resultan familiares. En este texto, me interesa
abordar algunas de las tradiciones que convergen en la obra El mundo
en imágenes, del pensador moravo Juan Amós Comenio (Úhersky
Brod, 1592-Amsterdam, 1670), pues es la que inaugura este género
de publicaciones.
Esta obra fue
escrita en la región habitada por los germanos, los bohemios y los
moravos, en las atmósferas europeas de los siglos XVI y XVII marcadas
por la crisis que acompaña el principio de la modernidad: asistimos
al resquebrajamiento del orden feudal y eclesiástico, por un lado,
y al establecimiento de un nuevo orden social que se manifiesta en la emergencia
del Estado moderno y en el despliegue de la economía capitalista.
El centro del escenario lo ocupan las guerras de religión, las pugnas
entre el proyecto de los católicos y los disidentes en la voz de
contrarreformadores y reformadores. Todo esto permea el tejido social y
cultural, atravesando diversas esferas de la vida de hombres y sociedades
que transitan de una cosmovisión profundamente teocéntrica
-en la cual la explicación primera y última de todo lo que
existe, el sentido de la vida de los hombres en el cosmos, remite a la
voluntad divina, a las verdades reveladas- a una visión que paulatinamente
se seculariza y ensaya otras formas de explicación y de argumentación
sobre el universo y sobre la razón de la existencia del hombre en
la Tierra, entre las que se disuelve su sentido de trascendencia.
El mundo
en imágenes, obra escasamente conocida en los países
de lengua española, gozó de merecida fama en otras muchas
regiones del mundo: a un año escaso de haberse publicado en Nuremberg,
en versión latino-alemán, se tradujo al inglés; a
partir de ahí las traducciones -inclusive al japonés y al
ruso- y las ediciones se multiplicaron hasta registrarse doscientas. Autores
como Goethe lo recuerdan con agrado, evocándolo como uno de los
libros en los que aprendieran a leer. ¡Bien valieron la pena los
veinticinco años (1631-1658) que el autor invirtió en su
producción!
Es importante
mencionar que en nuestro país, en años recientes, hacia 1992,
como parte del programa de investigación "Viejos pensadores, nuevas
ideas, nuevos pensadores, viejas ideas: los clásicos en educación",
con sede en la UNAM, por primera vez se tradujo esta obra del latín
al español y se publicó en una coedición de CONACYT
y Miguel Angel Porrúa. De ese año también data la
traducción de la Pampedia, realizada por Federico Gómez
Rodríguez de Castro, que publicó la UNED en Madrid. Con ello
se enriqueció el acervo de obras comenianas disponibles en nuestro
medio, en el que solamente se había tenido acceso a la Didáctica
Magna, a partir de mediados de los setenta, si bien el jurista español
Saturnino López la tradujera y editara a través de la editorial
madrileña Reus desde 1922. Alrededor del Orbis pictus se tejen diversas
anécdotas: siendo como era, un libro con imágenes para la
enseñanza del latín, algunas de sus ediciones locales integraron
muy pocas ilustraciones y en ocasiones ninguna. La tarea de encontrar un
buen grabador fue titánica. Paulo Kreutzberger resolvió muy
bien el problema haciendo los grabados en madera; a partir de la publicación
original de la obra, éstos son los que se conservan en las ediciones
que toman como referencia la difundida por la Academia de las Ciencias
Checoslovaca (1970), como es el caso de la nuestra.
Muchas de las
obras de Comenio, a horcajadas de los siglos XVII y XVIII, fueron ignoradas
o directamente vetadas por los enciclopedistas precursores del movimiento
ilustrado -Pierre Bayle entre ellos- obsesionados por sancionar todo lo
que no estuviera dentro de los límites del "paradigma de la razón",
en el que, por supuesto, Juan Amós no encajaba debido al legado
platónico presente en su pensamiento, sus creencias milenaristas
y
a su relación amistosa con los profetas de la región. Sin
embargo, El mundo en imágenes nunca dejó de publicarse,
aun cuando se omitieran algunos de sus capítulos, como los referidos
a su concepción religiosa o bien a conocimientos que ya no concordaban
con el avance de la ciencia, como veremos más adelante.
Ahora bien,
con el propósito de analizar esta obra como producto cultural,
asumo referentes teóricos que proceden del ámbito de la sociología
de la cultura, particularmente de Pierre Bourdieu, abordándola no
como cualquier texto en abstracto, sino como un libro que nos habla de
las circunstancias en que se produjo. Esto es, quién es el autor,
cuáles son sus compromisos intelectuales, para qué población
escribe, cuáles son las tensiones presentes en la sociedad, cuáles
las atmósferas culturales de ese momento histórico en esa
región en particular. Así, desde mi punto de vista son tres,
principalmente, las tradiciones que convergen en el Orbis pictus:
Si bien la concepción
de la escuela como institución de enseñanza es muy temprana,
ya que en los primeros siglos del medioevo se establecen, anexas a las
catedrales y a los monasterios, con la intención de formar el ethos
cristiano de los monjes y de los niños de diversas condiciones sociales,
es a partir del siglo XV cuando una pléyade de pensadores asume
la vida escolar como objeto de reflexión planteando referencias,
experiencias y perspectivas que la reconstruyeran de fondo. Rabelais, Erasmo,
Vives, Montaigne, Locke, Loyola, Ratke, Descartes, Bacon y muchos más
abundan en este tipo de críticas e imaginan nuevas formas de escolarización.
Sus escritos constituyen valiosos testimonios respecto al establecimiento
del campo de las teorías pedagógicas, precisamente en el
umbral de la modernidad.
Ahora bien,
entre las muchas deficiencias que presentaba la escuela estaba precisamente
la
manera en que se enseñaba el latín: de manera rutinaria
y repetitiva, tomando como modelo a los clásicos y ejercitándose
en el dominio formal de ciertos elementos que apelaban a la perfección
literaria y estilística; valiosos, sí, pero ajenos a la realidad
cotidiana de los alumnos. Se cometía la aberración de enseñar
latín desde el propio latín y a partir de los aspectos más
abstractos y poco comprensibles. La exigencia de reorientar estas enseñanzas,
de acuerdo con las nuevas necesidades que planteaba la vida social, motivó
esfuerzos importantes de pedagogos tales como Vives, Ratke y otros para
revisar lo que se hacía con el latín; precisamente aquí
se inscribe una vertiente importante del programa educativo comeniano.
Una
de las novedades que introduce el Orbis Pictus, es la de aprender
el latín a partir, no del propio latín, sino de la lengua
vernácula. Esta propuesta se nutre de dos importantes movimientos:
uno, más amplio, relacionado con la legitimación de las lenguas
locales europeas frente al latín culto; el otro relacionado con
la herencia cultural checa y, más específicamente, con las
tradiciones husitas -su autor simpatiza con este movimiento y se forma
en él-. Ambos concretan el movimiento antecedente en la región
Bohemia; es decir, el husismo3 constituye el
movimiento local que, conservando su propia especificidad, se articula
con movimientos generalizados en Europa en torno a las lenguas locales.
La reforma husita
de los siglos XIV y XV, que de hecho es la primera reforma religiosa europea,
nace vinculada a movimientos que buscan fortalecer el nacionalismo, ya
que a partir de una relación históricamente vivida como problemática
y desventajosa por parte de los pueblos que dependían de la Corona
checa frente a los alemanes, asume el checo como lengua oficial, con un
sentido patriótico de preservación y consolidación
de lo nacional; en estas condiciones, la lengua checa deviene símbolo
de la unidad nacional. La traducción de la Biblia al checo, empleando
giros lingüísticos populares con el propósito de hacerla
accesible a amplios sectores no latinizados, no se hizo esperar (siglo
XIV).
El movimiento
husita se manifiesta aquí como expresión local de otros movimientos
europeos que tienen como matriz común la paulatina legitimación
en el empleo de las lenguas regionales -como expresión de lo particular-
frente al latín culto: las lenguas locales transitan de la oralidad
a su legitimación, en la escritura, como lenguas literarias con
la participación de hombres de letras de la talla de Dante, Petrarca,
Cervantes, Shakespeare, etcétera y con las versiones locales de
la Biblia. Este uso de las lenguas locales se hace extensivo a otras esferas
del conocimiento, como el caso de la nueva ciencia que, particularmente
en Inglaterra, es impulsada a través de los artesanos y los mercaderes.
Por
otra parte, la expansión de la imprenta impulsa el desarrollo de
los estudios lingüísticos, que se traducen en la producción
de libros referidos al refinamiento que logra la escritura, así
como a la enseñanza de las lenguas; baste considerar la explosión
de diccionarios y de estudios gramaticales que tratan de normar el empleo
de la palabra escrita, pues el poder de la escritura ahora fijaba la palabra
en un tiempo y en un espacio determinados, susceptible de todo tipos de
análisis y refinamientos.4 A pesar
de todo, el aprendizaje del latín no se podía eludir, seguía
siendo la práctica privilegiada para la escritura; se utilizaba
en los espacios públicos, en los círculos intelectuales,
en la esfera propia de lo masculino. La lengua vernácula, no por
casualidad llamada materna, estaba más próxima a la cultura
oral, fácilmente era asimilada al mundo de lo femenino.
El autor de
El
mundo en imágenes sugiere algunos ámbitos de aplicación
de las lenguas:
Más allá
de estas preocupaciones, otra de las críticas más mordaces
que realizan los educadores de esos siglos, se dirige al empleo inadecuado
de la memoria, su reducción a las repeticiones mecánicas
carentes de significado que constituían la práctica que se
había apoderado de las escuelas medievales, cuyo síntoma
más evidente es la concepción de la lectio. Esto planteaba
la exigencia de propiciar nuevas formas de articulación entre el
saber y la memoria.
Aristóteles
es muy claro al respecto: ubica la memoria antes del saber, como
fase inicial dada por el reconocimiento del pasado, y después
de la expresión del saber, como rememoración de la experiencia
que se había aprendido y depositado en la memoria, pero siempre
con el carácter de función subordinada a la estructuración
y apropiación del conocimiento; es decir, no como función
autónoma, con valor por sí misma.
De tal modo,
una de las búsquedas de los educadores de la época se dirige
a idear subsidios para la memoria, que agilicen los procesos de enseñanza:
figuras dibujadas, símbolos algebraicos, cifras y caracteres, lenguajes
de diversos tipos, son algunas de las propuestas que, al referirse al desarrollo
de la memoria artificial -eficaz apoyo para la memoria dada por
la naturaleza a cada ser humano-, se inscriben en el programa renovador
de la escuela, con el propósito de almacenar debidamente la información
pertinente y no saturarla innecesariamente. "La imaginación y la
memoria, repletas de cosas sensibles, no captan ni retienen con igual facilidad
todas las cosas. Deben, pues, ser ayudadas" (Comenio, 1992. p. 253).
Particularmente
novedosa, resulta la propuesta de emplear las imágenes con fines
didácticos, que es el caso de este libro.
Al
respecto, el autor recoge las tradiciones del arte de la memoria,5
en las que se había formado, y traslada algunos de los principios
de la pedagogía cristiana6 al
ámbito de la escuela; asimismo, expresa la influencia que sobre
él ejercieron algunos utopistas de los siglos anteriores. Me refiero
a Campanella y a Andreä y su propósito de exponer el conocimiento
a la vista de todos:
Campanella recorre
las siete murallas concéntricas de la ciudad del sol y nos
muestra sus paredes interiores y exteriores, pintadas con figuras, como
si se tratase de un libro:
El mundo
en imágenes se organiza en ciento cincuenta y dos capítulos
que dan cuenta de la organización del conocimiento y de la percepción
de la realidad de los hombres del siglo XVII, de una manera total. Se trata
de verdaderos cuadros de época.
Su autor, desde
el mismo subtítulo de la obra, promete: "Imágenes y nombres
de todas las cosas fundamentales en el mundo y de las actividades en la
vida"; más adelante, en el "Prefacio", señala: "es un breviario
de todo el mundo y de la lengua toda" y nuevamente se refiere al libro
llamándolo "nuestra pequeña enciclopedia de las cosas sensibles".
En efecto, el contenido que se aborda es enciclopédico -no olvidemos
que Comenio es discípulo de uno de los enciclopedistas más
reconocidos de Herborn, J. F. Alsted, quien comparte la perspectiva totalizadora
de dar cuenta de todos los saberes que existen en el cosmos, por lo demás,
una de las preocupaciones que siempre ha acompañado al ser humano-.
Resulta
interesante destacar, respecto a los contenidos que plantea esta obra,
y ésta sería la cualidad de su orientación enciclopédica
en comparación con otras búsquedas y propuestas totalizadoras
de distintos pensadores hechas en tiempos y espacios también diversos,
que sus fundamentos también proceden del movimiento pedagógico
conocido como realismo,9 cuya intención
es poner en contacto al alumno con la realidad que lo circunda, con las
cosas mismas, no sólo con las "palabras" y con lo que otros escribieran
sobre ella. Es decir, subyace la intención de prepararlo para la
vida terrenal y no sólo para la promesa de salvación que
planteara el cristianismo. El mismo Comenio argumenta en esta dirección,
pues después de dilucidar sobre el fin ultraterrenal de la vida
humana, asume la necesidad de prepararlo de la mejor manera para ésta
(Comenio, 1988. p. 1 y ss).
Con el Orbis
sensualium pictus en la mano, recorremos la totalidad del universo:
a partir de Dios-Creador se bosqueja un camino descendente que aborda los
cuatro elementos clásicos -fuego, aire, agua, tierra- para introducirnos
en los tres reinos de la naturaleza y llegar al hombre. Se trata del hombre
frente a la naturaleza y a la divinidad que integra a ambos por igual,
armónicamente. Fruto del trabajo humano son los oficios y avances
tecnológicos que lo conducen a construir sus espacios vitales y
a mejorar sus condiciones de vida.
Se recrea también
el mundo de la escuela y el de las artes liberales, así como la
vida del hombre donde está presente su condición moral y
social; la vida en las ciudades y, finalmente, las religiones conocidas
en esos siglos.
Puede decirse
que las ilustraciones que se insertan en esta obra manifiestan una gran
experiencia en la docencia y un conocimiento muy amplio -como era propio
de las sociedades de aquellos años- en diversos campos: obedecen
a un programa claramente elaborado en relación con la enseñanza
del latín en lengua vernácula, a la manera de una lengua
viva que retoma contenidos de la realidad circundante; se organizan a partir
de cuadros temáticos que actúan como núcleos generadores;
el texto aparece en tantas columnas cuantas sean las lenguas de referencia
-por ejemplo, latín, checo y alemán- y algunas de las palabras
se relacionan a través de un número con algún objeto
particular de la imagen en su conjunto. La intervención del maestro,
se dirige a orientar al alumno para que logre unir el signo visual con
el auditivo.
Para ilustrar
el contenido de este libro, he seleccionado algunos capítulos y
procedo a analizar su contenido.
Dignificación
de la imagen del maestro.
El capítulo
que abre la obra, es la "Invitación"; en ella, el maestro se dirige
al alumno para acompañarlo a recorrer el camino de la sabiduría
y, asumiendo el reclamo bíblico según el cual el hombre nombra,
le dice: "Te conduciré por todas las cosas, te las mostraré
todas y les pondré un nombre para ti [...] nos iremos por el mundo
y lo observaremos todo" (Comenio, 1993. p. 79).
El maestro deviene
así, la figura de autoridad moral y, como modelo que media entre
Dios y el alumno, un rayo de luz, procedente del sol cósmico, lo
atraviesa y desciende hacia el alumno en forma de saber y de comportamiento
virtuoso que hace aflorar lo mejor de él mismo.
La analogía
sol-maestro nos hace pensar que la dignificación del oficio
de maestro pasa por su filiación solar, su iluminación interior,
su perfeccionamiento espiritual, condiciones propicias para que realice
su destino mesiánico: salvar a la humanidad mediante los dones de
la cultura y de la civilización.
Figura 1. Maestro
y niño. Esta imagen
resulta particularmente significativa para aquellos años, si tomamos
en cuenta los siglos de deterioro que acompañaron a quienquiera
que se dedicara a la enseñanza: en la Grecia clásica, la
enseñanza de primeras letras se consideraba un oficio humilde, no
propio para los hombres libres; el pedagogo, por ejemplo, cuya condición
era la de esclavo, tenía como única tarea conducir a los
niños a la escuela y, a veces, la de repasarles las lecciones. En
Roma, ser grammatistés, o maestro del abecedario, se consideraba
una auténtica desgracia personal; se llegaba a decir: "O ha muerto,
o enseña el abecedario". Más próximos a nuestra región,
la situación no fue diferente: desde la Colonia queda marcado el
oficio de enseñante de primeras letras por su origen social; se
decía que: "Ser preceptor era una profesión que no exigía
pureza de sangre. Era una profesión abierta a todas las razas: españoles,
mulatos, mestizos, negros e indias" (Staples, 1981. p.119).
El inicio de
la modernidad, al plantear nuevas exigencias en relación con la
preparación escolar, incide de entrada en el establecimiento de
otras prácticas:
Todo ello dará
como resultado la identificación con el oficio de maestro, y por
el oficio de maestro, una nueva percepción social de la imagen del
maestro y de la manera en que concibe su trabajo.
Los siglos XVI
y XVII, sensibilizados frente a la amplia proyección de la cultura
escrita, son prolíficos en la invención de alfabetos
y proveen una vasta clasificación para ellos. Así, encontramos
alfabetos
cósmicos, en cuyo libro de la naturaleza, Dios imprimió
caracteres; alfabetos filosóficos, lexicográficos
en función de diversos campos del saber; alfabetos mnemotécnicos,
propios de los ars reminiscendi; alfabetos del pensamiento, simbólicos,
pictóricos, vivientes, denominaciones utilizadas indistintamente
para referirse a los alfabetos de letras.
Figura 2. Alfabeto
onomatopéyico. El mundo
en imágenes introduce una novedad para aprender a leer: un alfabeto
de letras que el autor llama en unas ocasiones "alfabeto simbólico"
y en otras, "alfabeto vivo". Este recurso dispone la pronunciación
de las letras en torno a onomatopeyas animales, "en donde cada letra va
relacionada con la voz de un animal, y esa voz es imitada por la letra"(Comenio,
1993. p.73). Éstos se plantean como alternativa a los silabarios
en uso, para fijar las letras en la memoria.
La práctica
de estos alfabetos había sido precedida por otras manifestaciones
similares, como la del Congestorium artificiose memoriae (1520),
de Romberch, ampliamente difundido entre profesores, mercaderes, juristas,
filósofos, teólogos y otros hombres de letras; que plantea
los alfabetos visuales como un medio para fortalecer la memoria,
y los hace consistir en representaciones de las letras del alfabeto, ya
sea referidas a la enumeración de dibujos de animales ordenados
alfabéticamente de acuerdo con la letra con que inicia su nombre,
o bien en otra modalidad: objetos cuya figura remita a la de la letra que
se ilustra, por ejemplo, unas tijeras abiertas para representar la X.
El antecedente
más inmediato al que presenta el Orbis pictus, sin embargo,
lo constituye el alfabeto viviente de De Codicillus, capítulo II
del Ordo studiorum, 1576 (Capkosa, 1970).
El autor de
El
mundo en imágenes, acorde con la producción de los saberes
de la época, expresa su conocimiento sobre el mundo artesanal a
través de los numerosos capítulos que dedica a los diversos
oficios de la época, muestra de ello es el capítulo LXII,
"El zapatero" (Comenio, 1993. p. 148).
Figura 3. Artesano. Comenio, desde
su propia óptica, coincide con muchos de los protagonistas del umbral
de la modernidad que asumen como tarea superar la prolongada escisión
que había acompañado a la Edad Media entre las artes liberales
y las artes mecánicas, entre los saberes intelectuales propiamente
dichos y los saberes técnicos. De este modo, los siglos XVI y XVII
resultaron propicios al acercamiento entre hombres de ciencia y artesanos
cuyo encuentro, a la vez, asume como bandera la protesta contra el abuso
de libros, de lecciones y de la autoridad de los antiguos griegos y latinos;
renueva las formas de conocimiento.
La observación
y reconocimiento de la actividad de los artesanos para transformar su material
de trabajo hace, además, que Juan Amós vea las escuelas como
"talleres de hombres", proponiendo ese modelo formativo:
Si
bien, durante su formación en la Universidad de Heidelberg, Comenio
había tenido acceso a la obra prohibida de Copérnico, De
revolutionibus orbium celestium, no logró integrar las nuevas
teorías ni a su pensamiento ni a su obra, a pesar de resultarle
atractivas; prueba de ello es el capítulo III, "El cielo" (Comenio,
1993. p.85), en donde muestra aún a la tierra como centro del sol
y de los demás planetas. Asimismo, en otras de sus obras aborda
el tema sin superar la solución geocéntrica;10
esta visión, transmitida en los libros destinados a la enseñanza,
fomentó el desconocimiento del heliocentrismo en la zona de influencia
de los reformadores disidentes.
Figura 4. Geocentrismo. Sin embargo,
el heliocentrismo constituía un peligro para el mundo cristiano
en general; católicos y disidentes lo rechazaron por igual y lo
condenaron a través de sus respectivas instancias, en tanto que
las explicaciones de Ptolomeo se mantuvieron alrededor de quince siglos:
resultaban compatibles con los dogmas referentes a la perfección
del hombre, centro de la creación; a la vez, la tierra constituía
el centro del universo.
Comenio aborda
una detallada clasificación de los minerales, las plantas y los
animales del capítulo X al XXXIV, en los que, además, se
compromete con su cuidadosa ilustración (Comenio, 1993. p.92-116).
Entre las fuentes que emplea para esta información es posible que
haya recurrido a los 37 volúmenes de la Naturalis Historia,
de Plinio (23-79 d.C.), a la Ornithologia, de Aldrovandi (1525-1606);
a la Animalia Historia, Libro II De quadrupedibus oviparis y
Libro V De serpentibus, de C. Gesner (1516-1565) -apodado el Plinio
alemán-; así como a De herbas medicaminibus, del pseudo
Apuleyo (Cervenka, J. "Comentarios", en Comenio, 1993. p. 28).
Figura 5. Animales. Conrad Gesner
(1551-1621), en los cinco volúmenes de su Animalia Historia
aborda la totalidad de las aportaciones sobre las características
de los animales (su forma de vida, su alimentación, etc.), procedentes
de autores antiguos y modernos que, además, enriqueció con
sus propias observaciones. Ulises Aldrovandi (1551-1621) escribió
más de once volúmenes, de los cuales logró publicar
tres referidos a los pájaros y a los insectos. Curiosamente, a pesar
que ambos no compartían la creencia en monstruos y animales fantásticos,
como ésta era parte de la información que circulaba en el
medio, también la incluyeron en sus obras.
En buena medida,
el trabajo de los naturalistas de los siglos XVI y XVII consistió
en recuperar lo que al respecto habían hecho los griegos, con el
propósito de reanudar este tipo de estudios. Su principal fuente
griega fue Plinio, cuya enciclopedia de historia natural aborda la totalidad
de conocimientos y creencias de la época; menciona desde la creación
del universo, la tierra, el hombre, animales, plantas, metales, oficios,
hasta llegar a las artes liberales. Suele mezclar lo real y lo fantástico,
como en el caso del unicornio, que también Comenio incluye
en el capítulo XXVIII "Ganado Montés" (Cervenka, J. "Comentarios"
en Comenio, 1993. p. 110).
En el tratamiento
del hombre como ser vivo, en los capítulos XXXIX "Carne y vísceras",
(Comenio, 1993. p. 121) y XL "Canales y huesos" (Comenio, 1993. p. 123),
Comenio nos hace partícipes de sus conocimientos anatómicos
y fisiológicos, logrados en sus años de estudio en Herborn,
al estar en contacto con las obras de Vesalio (1514-1564).
Figura 6. Músculos
y vísceras. El impacto de
De
humani corporis fabrica (1543), del belga Andrea Vesalio, en los círculos
de estudiosos europeos, había sido muy fuerte; en él concentró
sus vivencias infantiles -pues vivió en Bruselas "cerca de las murallas
de la ciudad, sitio en el cual, desde niño, vio con frecuencia los
cuerpos de los criminales torturados y ejecutados que permanecían
colgados hasta que las aves de rapiña dejaban los huesos desnudos"
(Garzón y Rincón, 1999. p. 85)- así como su rica experiencia
como médico y como cirujano. El mayor acierto de esta obra fueron
las láminas que introdujo para la explicación de la anatomía.
La obra de Vesalio
es a la medicina lo que el Orbis pictus es a la educación
y, sin duda, ambas participan de las tradiciones en torno a la ilustración
de los libros con fines didácticos.
Con la difusión
de la imprenta y el acceso de poblaciones más amplias a los libros,
se establecen otras prácticas culturales relacionadas con la cultura
escrita.
Disponer de
libros para apropiarse de los saberes se traduce en autonomía personal,
pues el que se desenvuelve en estos menesteres por sí mismo puede
acceder a diversos cuerpos de saber para incursionar en la búsqueda
de la verdad -móvil de la época-, sin depender ya de la lectio,
escuchada directamente de boca del maestro. Los procesos de transmisión
se desplazan del oído a la vista, de la palabra a la lectura de
textos, que el discípulo habrá de recorrer en ambientes propicios
al estudio, silenciosos e íntimos, con la posibilidad que entonces
se abre de atribuir otros significados a los textos como parte de su proceso
de interpretación. El capítulo XCVIII "El estudio" resulta,
por demás, significativo en su misma concepción a través
de los ojos de Comenio:
Figura 7. Estudio. La cultura escrita,
en ese entonces, modificaría tanto la forma de ver el mundo y de
desplazarse en él, como ahora lo hace la nueva cultura cibernética.
El breve recorrido
a través de las tradiciones y legados, que subyacen en el empleo
de las imágenes con fines didácticos, muestra que estas prácticas
subsidiarias de la vida diaria de nuestras escuelas desde el umbral de
la modernidad, no son casuales ni gratuitas ni coyunturales; son prácticas
culturales que se construyen a lo largo del tiempo y que tienen muchas
implicaciones.
Recurrir a la
oralidad, la escritura, la cultura audiovisual o bien la cultura electrónica,
que prevalece en nuestro tiempo, no es inocente; cada una de estas culturas,
con su cuota de logros y pérdidas, tiene un profundo significado
en la manera en que las personas aprehenden la realidad y la interpretan;
se perciben a sí mismas y a los otros; recuperan la información,
la ordenan, la conservan, la difunden. La práctica constante y cotidiana
de estos procesos, a su vez, contribuye a formar determinadas estructuras
de pensamiento, competencias y mentalidades, una forma de ver el mundo
y el lugar del ser humano en él, de comunicarse con los otros; asimismo,
desarrolla los soportes materiales y las tecnologías oportunas.
En fin, si bien
las imágenes se introducen de manera formal con fines didácticos
en el umbral de la modernidad, cuando Occidente asume como tarea el establecimiento
de un nuevo orden social, y en medio de esta empresa, se bosquejan los
procesos de escolarización que nos resultan próximos, las
ilustraciones de los libros de texto y de estudio en general que hoy nos
parecen "naturales" son, diríamos parafraseando a Gramsci, "hijas
de su tiempo". Esto nos lleva a hacer un alto en el camino para indagar
los sentidos con los hemos ido dotando a las sociedades de otros tiempos
y otras latitudes.
Fuentes
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1
Si bien la modernidad constituye una noción polisémica, en
ella subyacen las distintas manifestaciones del programa civilizador de
Occidente, que participa de una concepción lineal del progreso en
la historia, del desplazamiento de la cosmovisión teocéntrica
por una perspectiva secularizada del mundo orientada por el predominio
de la razón, del dominio del hombre sobre la naturaleza, del desarrollo
creciente del capitalismo, de la constante especialización del conocimiento
y de la vida social, del establecimiento del Estado moderno y de nuevas
instituciones, etcétera. Estas transformaciones inciden profundamente
en la vida cotidiana de la sociedad. Giddens señala que "la noción
de modernidad se refiere a los modos de vida u organización social
que surgieron en Europa desde alrededor del siglo XVII en adelante y cuya
influencia, posteriormente, los han convertido en más o menos mundiales"
(Giddens, 1993. p. 15).
2En
su alegoría juvenil, El laberinto del mundo, Comenio señala
esta situación: "[...] veo que la reformación les costaba
mucho a los pobrísimos. No del bolsillo, sino del cuero, digo, que
tenían que ofrecer. Y también seguramente sobre éstos
llegó a caer el puño, la vara apuntadora, la verga, en la
cara, en la cabeza, en la espalda, bajo las asentaderas, hasta que destilaban
sangre y casi siempre estaban llenos de cardenales, arañazos, contusiones,
callosidades" (Comenio, J. A., 1905. p. 59).
3
Juan Hus (1369-1415) fue profesor de la Universidad de Praga, vinculado
como
predicador con amplios sectores de la población y comprometido con
la renovación de la Iglesia Cristiana. Debido a sus convicciones
cae en una celada y muere quemado en la hoguera. A partir de él,
se desencadenan diversos movimientos disidentes que convergen en la Reforma
de la Iglesia checa.
4
Walter Ong, al analizar el tránsito de la oralidad a la palabra,
delimita los rasgos de estas prácticas culturales.
5
Los artificios para apoyar las funciones de la memoria datan de los antiguos
griegos y se recrean a lo largo de los siglos. Nacen vinculados con la
cultura oral y adquieren orientaciones con la cultura escrita, pero siempre
está presente la preocupación de buscar antídotos
contra el olvido.
6Me
refiero a la práctica que se desarrolla del siglo XIII en adelante,
para enseñar las verdades de la fe, así como para influir
en los comportamientos religiosos y morales, echando mano de las imágenes
plasmadas a través de la pintura y de la escultura.
7
Aristóteles rebate la concepción platónica de las
ideas innatas, afirmando que se configuran a partir de los datos que aprehenden
los sentidos, de ahí que el mundo se conciba a partir de la información
que aporten las sensaciones. La máxima aristotélica, que
enuncia en De anima, es retomada por los escolásticos y también
por los empiristas.
8
Petrus
Ramus decide que en la memoria no hay espacio para los lugares ni para
las imágenes; a la voz de "¡Abajo la imaginación!",
"¡Viva la dialéctica!", "¡Viva el método analítico!""
(Giordano Bruno, 1987. p. 286). Ramus encabeza un movimiento que replantea
las ars memoriae en relación con el problema del método,
donde el orden se deposita en la racionalidad aséptica de las secuencias
y no en la carga afectiva de los clásicos loci e images,
donde la dialéctica acude al apoyo de la memoria. Se trata de la
concatenación racional que permite recordar lo que se aprendió.
No debemos olvidar que Ramus simpatizó con los movimientos iconoclastas
que se difundieron entre los territorios reformados de Francia, Inglaterra
y los Países Bajos; él mismo los defendió en algunas
de sus obras teológicas, recurriendo a los argumentos del Antiguo
Testamento contra la idolatría. Era consecuente en todos sus actos:
proscribía las imágenes del culto católico, pero también
las imágenes del clásico arte de la memoria.
9
Al respecto, coinciden diversos historiadores de la educación, tales
como: F. Larroyo, A. Santoni Rugiu, E. Garin, A. Ponce, entre otros.
10
En la Didáctica magna, en el capítulo XXIX "Idea de
la escuela común" -puericia- IX, Comenio afirma: "Aprenderán
lo principal de la Cosmografía, la redondez del Cielo, el globo
de la tierra pendiente en el medio" (Comenio, 1988. p. 169). En el Cosmographiae
compendium, capítulo I "Astronomiae", escribe: 1 Centrum
coeli est terra (Comenio, 1978. p. 47).
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