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Los manuales de “Lecciones de Cosas”
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En la primera mitad del
siglo XX, sobre todo, hay una vigorosa floración en la escuela del
viejo principio pestalozziano de la intuición. El mismo Pestalozzi
cuenta que mientras se estaba esforzando en explicar lo que era una escalera
a sus alumnos, uno de ellos le insinuó que porque no salían
al patio para ver la que, adosada al muro, subía al segundo piso
del edificio. Esto podría resumirse en un aforismo pedagógico:
De la cosa a la palabra, de la palabra a la idea.
El pedagogo confiesa que es en ese momento cuando descubrió el principio de la intuición, que con los ya proclamados tres elementos –palabra, forma y número- integrarían el nervio de la formación elemental, luego primaria, luego general.
Alcántara pone en boca del mismo Pestalozzi el momento de la revelación: "Tiene razón el muchacho; guárdense las estampas, y en adelante enséñese sólo por medio de objetos verdaderos”. Y así fue: los muebles y los demás objetos de la clase, los animales, las plantas, el cuerpo humano, cuanto tenía a su alcance, fue el material de que se sirvió en los ejercicios de intución, echando de este modo la base del método llamado "método intuitivo" que tanta fama le diera.
Pues bien, coincidiendo con el movimiento de La Escuela Nueva, o como consecuencia del mismo, aparecen numerosos manuales escolares con el título de Lecciones de Cosas, los cuales proponen el lema: de la cosa a la palabra, de la palabra a la idea. Eran tiempos felices en los que el maestro no se sometía servilmente a un programa oficial.
Poner al niño en contacto con las cosas que le rodean es fácil. Pero en los principios del siglo XX ya se tienen noticias de multitud de cosas fuera del ámbito real de la experiencia del niño: mares, montañas, animales, plantas, automóviles, barcos, aviones, procesos industriales que elaboran materias primas, nuevas artes de imprimir, nuevas máquinas de tejer que dejan en mantillas a los telares, tan queridos de Dewey.
Y se recurre a la imagen: primero al dibujo, luego a la fotografía. Los autores y editores publicitan sus manuales predicando el gran número de grabados que contiene el libro. Empieza trabajosamente el reino de la imagen en la Pedagogía. Dalmau se inventa incluso la “lectura gráfica” en la que los nombres de los adelantos más llamativos se sustituyen por su imagen.
Aunque muy tarde, llegan a nuestros usos pedagógicos los ecos de realismo. Las Lecciones de Cosas, entran en el currículo escolar por el portillo de la lectura extensiva y con el aire nuevo de valorar las experiencias y cultivar la curiosidad por lo nuevo. Aunque sólo fuera éste el mérito de estos manuales habrían rendido un gran servicio a la educación en España.
Hasta que los burócratas profesionales y los gremialismos académicos no rodearon la actividad escolar con las murallas de programas y cuestionarios oficiales que, además –dicho sea de paso- fomentaban las perezas, la escuela procuraba cubrir eficientemente por sus medios las necesidades esenciales de leer, escribir y calcular.
Sheldon desde su normal americana y desde sus libros reeditados constantemente, o nuestro Alcántara desde su revista, fomentaban con modelos de lecciones de cosas la imaginación y las iniciativas del maestro.
Leer es un campo inabarcable y un aprendizaje laborioso. Precisamente cuando se superan las primeras dificultades del desciframiento de los signos es cuando ha de procurarse que el imprescindible ejercicio de la lectura se haga sobre textos que motiven y estimulen la curiosidad del niño.
En esto los índices de contenidos de los manuales de lecciones de cosas rivalizan en ofrecer aspectos interesantes de lo que rodea al niño o explicaciones acerca del origen y transformación de las cosas que utiliza: las plumillas, el algodón, la electricidad, etc., etc.
En muchos manuales de lecciones de cosas cada tema viene acompañado de pautas de conversación para profundizar o extender la compresión y facilitar la actividad en la clase.
La discusión hoy podría centrarse, hablando de la escuela primaria, en si siguen vigentes los viejos hallazgos de los centros de interés o de las concentraciones o si ha de cederse al paso a un planteamiento más “lógico” o “ protocientífico”.
Como es lógico, también en torno a las Lecciones de Cosas se desplegó todo un aparato teórico. Los autores de nuestros manuales recurren predominantemente a la autoridad de E. A. Sheldon y de Alcántara García. Isabel Mayo en un prefacio escrito para la decimocuarta edición del libro de Sheldon, Lecciones de cosas, publicado en Londres en 1855, y destinado a los maestros, explica sumariamente las características del método.
Las lecciones que forman la obra se presentan en series graduales, que tienen por principal objeto ejercitar las facultades de los niños conforme al orden natural de su desarrollo. La primera serie ejercita las facultades perceptivas, fijando la atención sobre aquellas cualidades de los cuerpos que pueden descubrirse por medio de los sentidos, y suministrando luego un vocabulario para la expresión de las ideas al par que las graba en la mente, donde con facilidad podrán reproducirse cuando se despierten las facultades de la concepción o del juicio.
Las series segunda y tercera ejercitan el juicio recordando las impresiones de los objetos sensibles después que estos han desaparecido de la vista; conduciendo, por este medio, de lo conocido a lo desconocido.
La cuarta serie tiene por objeto hacer que los niños se ejerciten en buscar semejanzas y diferencias, en hacer comparaciones y descubrir analogías, con lo que se cultivan las facultades de ordenación y clasificación.
En la quinta serie se ponen en actividad el razonamiento y el juicio, descubriendo la relación de las causas con el efecto; se cultiva la facultad de la expresión. También se requiere que en esta serie los discípulos hagan apuntes de todos los conocimientos que van adquiriendo, poniéndolos en forma de redacción.
En el primer tercio del siglo XX Agustín García de Diego tradujo del francés, para los maestros españoles, el libro de R. Jolly, Un curso de lecciones de cosas. En el prefacio, el autor explica su método:
1.Hay que hacer que los niños
vean y toquen las cosas para que se habitúen a observar bien.
2. Que experimenten, para
ejercitar el raciocinio.
3. Que dibujen, para precisar la
observación y poner de relieve las nociones principales.
El papel del maestro en las Lecciones de Cosas, según sus defensores, es muy limitado puesto que es el alumno quien debe examinar, palpar, medir, contar, descubrir, concluir y aún experimentar. El maestro debe limitarse a dirigir la investigación, a proponer cuestiones, a realizar las experiencias más delicadas y a dibujar en el encerado algunos croquis intercalados sumariamente.
En 1963 todavía se publican
manuales de Lecciones de Cosas, como el de Ezequiel Solana editado
por Escuela Española e ilustrado por el inefable J. Bernal. Se puede
hablar pues de un método, de un modo de organizar la enseñanza
primaria, que cubre ampliamente un siglo: como mínimo desde
1830 hasta 1963. A continuación vamos a mostrar algunos ejemplos
característicos de manuales de Lecciones de Cosas.
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PLA CARGOL, Joaquín (1935):
Otras lecciones de cosas, Dalmau Carlés, Gerona.
Presentamos aquí la edición 21ª de este manual, lo que nos indica su presencia dilatada en la escuela española. El paréntesis que sigue al título expresa bien a las claras la vinculación de estos manuales con la lectura extensiva. |
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| Anterior a la organización de los contenidos de la enseñanza según el patrón de la lógica y división científicas, se presentan éstos en una lista de posibles intereses de los alumnos. |
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| En realidad, es un libro de lectura; se ampara bajo el concepto de Lecciones de Cosas, pero sólo tiene relación con ello a través de la “conversación” que sigue a cada capítulo y a través de la “ampliación” que al final del libro se ofrece como recurso didáctico a los profesores. |
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