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no fue asesinado
Isis
,
Investigan los orígenes genéticos de la
vid
Las eras de la uva
Probablemente, el origen de la vid esté relacionado con el de la
propia cultura humana. A lo largo de los
milenios, su fruto ha arrojado una
tipología biológica tan rica que es
difícil abarcarla hoy día, incluso con
las más modernas herramientas de rastreo
genético. La uva se ha convertido en una
prodigiosa máquina natural de
supervivencia.
Todo comenzó con una cita casual; un
encuentro que el azar quiso que se
produjera superando incluso las
limitaciones de la naturaleza: el
matrimonio entre la vid y una levadura
exógena conocida como Saccharomyces
cerevisiae. Este microorganismo no
se encontraba hace miles de años entre
la flora propia de las distintas
especies de vid. Más bien, estaba
presente en especies arbóreas como el
roble. Sin embargo, la tendencia de las
vides silvestres a trepar por las ramas
de los árboles pudo originar una
espontánea inoculación en las uvas y la
consecuente fermentación de su jugo que
no pasó inadvertido a las primeras
civilizaciones humanas. De ese modo, la
producción de vino, casi tan antigua
como la cultura, no sería otra cosa que
el intento de domesticación y control de
esta graciosa fermentación.
El hombre y la vid han seguido, a lo
largo de los milenios, destinos comunes.
El cultivo de especies domésticas de uva
para su posterior utilización en la
extracción de vino hubo de ir parejo al
propio asentamiento de las primeras
poblaciones nómadas en trance de
convertirse en familias sedentarias. El
hábito viajero de los humanos primitivos
era incompatible con la estabilidad que
requiere la recolección de suficiente
cantidad de uva.
La protagonista de esta prodigiosa
relación es una especie botánica de la
familia de las vitáceas. Estas plantas
pertenecen al orden de los Rhamnales,
individuos habitualmente leñosos, bien
en forma de árbol, o de arbusto, con
flores hermafroditas o unisexuales.
Las vitáceas son predominantemente
tropicales y subtropicales y engloban
cientos de géneros. Uno de ellos, el
género Vitis, supo proliferar en zonas
más templadas -entre los 35 grados de
latitud Norte y los 35 grados de latitud
Sur- y convertirse en exclusiva del
hemisferio Norte. De las varias especies
que pertenecen a este género, sólo una,
la Vitis vinífera es realmente
útil para fabricar vino.
¿Vino antes que vides?
El estudio
paleobotánico de las semillas parece
sugerir que se produjo una lenta
introducción del cultivo de Vitis
vinifera en lo que hoy es el noreste
de Irán en el cuarto milenio antes de
Cristo. Sorprendentemente, esta fecha es
casi 2,000 años posterior a la primera
evidencia hallada de producción de vino
(ver recuadro). El motivo del tal
desajuste temporal puede estar en el
hecho de que el vino nació casi a la par
que la agricultura misma. La producción
de este néctar debió correr una suerte
paralela a la expansión de los usos
agrícolas desde la región del Creciente
Fértil -entre el Golfo Pérsico y Egipto-
hasta el norte de Irán y Anatolia. De
ahí que el registro de la época sea
especialmente difuso. En cualquier caso,
existen evidencias contundentes de la
presencia de semillas de vid
semidomesticadas desde el 2,700 antes de
Cristo en las actuales Inglaterra, Suiza
e Italia, y un poco posteriores, hasta
el 2,500 a.C., en Dinamarca, Suecia y
España.
Y a partir de ese lejano punto de
partida, la historia de este fruto no ha
hecho más que complicarse -para terror
de los enólogos y botánicos y para solaz
de los amantes de la variedad de bebidas
que pueden extraerse de sus jugos-. Hoy
día hay cerca de 15,000 variedades de
uva para vinificación a las que se ha
llegado merced a la labor espontánea de
la naturaleza o a la docta aplicación de
las técnicas de selección e hibridación
de los cultivadores. Aunque muchas veces
se piensa que algunas de ellas tienen un
origen antiguo, lo cierto es que la
mayoría son variedades que se remontan
sólo un par de siglos en la historia.
La gran familia.
Existen más de 15,000 variedades de
uva.
Todas ellas proceden de la evolución
secular de una sola especie de vid útil
para la vinificación, la Vitis
vinífera.
Nombres
míticos
Resulta imposible dar
cuenta de la cantidad de grupos y
subgrupos en los que se ordena esta
diversidad, pero cualquier aficionado al
vino podría recitar de memoria algunos
nombres muy conocidos como cabernet
sauvignon, ramisco, barbera,
tempranillo, garnacha, arinto, merlot,
chardonnay, pinot, riesling...
Por desgracia, no existe un sistema
exhaustivo de catalogación de tal
volumen de información. Se han realizado
intentos parciales para sistematizar el
conocimiento de los distintos orígenes
varietales en países como España y
Francia, pero la identificación de
variedades y subvariedades sigue siendo
una ardua tarea para el viticultor.
Con frecuencia se producen confusiones
entre variedades distintas que poseen el
mismo nombre en diferentes regiones o
nombres diversos que, en realidad,
designan a una sola variedad. La llamada
diversificación intervarietal es casi
inabarcable y se produce principalmente
por tres fenómenos: un origen policlonal
de especies idénticas que proceden de
semillas diferentes, la acumulación de
mutaciones sobre los frutos de una misma
semilla, y las diferencias morfológicas
como consecuencia de infecciones con
agentes patógenos, como virus, que
modifican la carga genética de la
especie.
Ante tal laberinto, los productores y
expertos tienen en la ciencia su
principal aliado. En la actualidad
existen herramientas moleculares para
trazar la estructura genética de una vid
y determinar su origen varietal. Una de
las más modernas es una técnica conocida
como AFLP. (Amplified Fragment Length
Polymorphism). Consiste en descomponer
el ADN de la planta en muchos fragmentos
por medio de enzimas de restricción, y
luego utilizar la técnica de PCR para
amplificar estos fragmentos en busca de
genotipos diferenciados.
Riqueza perdida
La elección de una correcta variedad de
uva es fundamental para la producción
del vino. Por un lado, la semilla debe
ofrecer un fruto que se adapte a la
perfección a las condiciones de cultivo
de la bodega que la utiliza. Por otro,
el mercado es cada vez más selectivo y
requiere afinar hasta el extremo en
cuestiones varietales. Por eso, este
tipo de herramientas proliferan entre
los productores, quienes han de
asegurarse perfectamente que están
plantando y cultivando el tipo de uva
que desean.
Pero, además, el empleo de las técnicas
de trazabilidad genética podría servir
para resolver algunos problemas a los
que se enfrenta la especie Vitis
vinífera en todo el mundo. Tras la
terrible plaga de filoxera que asoló los
viñedos europeos en el siglo XIX, los
métodos de cultivo variaron de forma
radical. Para protegerse de un nuevo
azote del parásito, se modificaron las
estructuras de los viñedos y, ya más
recientemente, se instauraron en viveros
prácticos de multiplicación de cepas que
luego son distribuidas a gran escala.
Esta estrategia ha provocado una gran
pérdida de riqueza genética en muchas de
las variedades empleadas. De ese modo,
se corre el riesgo de que desaparezcan
algunos genotipos autóctonos o
variedades enteras que, o bien no son
muy utilizadas o, siendo mayoritarias,
son producto de una pequeña cantidad de
genotipos seleccionados.
Estudios recientes realizados en España
-publicados por la revista ACE Enología-
demuestran que algunas variedades
multiplicadas con profusión en vivero,
como la tempranilla, presentan niveles
de variabilidad mucho menores que otras
que son habitualmente multiplicadas por
los agricultores durante el proceso de
cultivo, como la albillo o la malvasía
del Bierzo. Estos datos parecerían
demostrar que las modernas técnicas de
multiplicación pueden mermar la
diversidad varietal.
Mejor fruto
Una posible solución a este problema
sería utilizar estos marcadores
genéticos para identificar, dentro de
una variedad de uva, los genotipos más
divergentes. Este material biológico
serviría para dar cauce a variedades más
enriquecidas. Incluso sería posible
elaborar programas de selección basados,
ya no en la variabilidad, sino en la
estancia de determinadas trazas que
tienen que ver con la síntesis de
sustancias cuya presencia interesa
controlar en un buen vino, como los
antocianos, los terpenos o el
beneficioso resveratrol.
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FUENTE:Revista Muy
Interesante/Septiembre 2004/Editorial Televisa, S.A. de C.V
La industria del vino de Chipre,
la más antigua del Mediterráneo
Los chipriotas
parecen ser los productores de vino más antiguos del Mediterráneo, ya
que precedieron en al menos 2.000 años a los griegos en la fermentación
de la uva, de acuerdo con investigadores italianos.
Pese a las referencias
al vino en las obras de Homero, el poeta griego de la Antigüedad
clásica, los arqueólogos han hallado pruebas de que la elaboración del
vino en la isla de Chipre se remonta a hace unos 5.500 años.
"Encontramos dos jarras
usadas para el vino e incluso las semillas de las uvas. Es
sorprendente", dijo la arqueóloga italiana María Rosaria Belgiorno,
según la citó el Semanario de Chipre.
La tradición
vitivinícola de la isla ya está bastante bien documentada, pero el
último descubrimiento prueba que los chipriotas son los productores más
antiguos de la región, dijo la publicación.
Se cree que de todos
los vinos que se producen en la actualidad, el Commandaria, un vino
chipriota dulce, es el más antiguo. Pero el proceso vitivinícola más
antiguo se remonta a hace unos 7.000 años, en Irán.
El origen del vino es
desconocido. La mitología griega menciona a Dionisio, o Baco -el dios
del vino y de las travesuras- como su inventor en el Mediterráneo. Los
historiadores piensan que fue descubierto cuando accidentalmente se dejó
que fermentaran algunas uvas.*.
Fuente: NICOSIA, Chipre
(Reuters), 14 de mayo de 2005
Enlace:
http://www.reuters.es/locales/c_newsArticle.jsp;:4285c8bb:c59e946d4f2b9a6e?type=entertainmentNews&localeKey=es_ES&storyID=8491607
Revista Terrae Antiqvae. Editor José Luis Santos
http://www.terraeantiqvae.com
Cultura vitivinícola
El vino de los antiguos faraones
Un equipo de
investigadoras de la Universidad de Barcelona identifican rastros de
vino tinto en una ánfora perteneciente al faraón egipcio Tutankhamon
13 de abril de 2004
JORDI MONTANER
Los historiadores concedían hasta hoy el origen de la cerveza al antiguo
Egipto y el del vino a la Grecia clásica. Sin embargo, el reciente
hallazgo de una ánfora en la tumba de Tutankhamon con restos de vino
tinto refuerza el peso de la cultura vitivinícola en las civilizaciones
del bajo Nilo. El hallazgo, publicado en la revista de la Sociedad
Química Americana, ofrece nuevas pistas sobre el uso ancestral del vino
y plantea de nuevo la hipótesis egipcia sobre su origen.
El origen del vino como
producto y de la viticultura como práctica agrícola causan todavía
cierta polémica entre arqueólogos e historiadores. Aunque existen
múltiples referencias al antiguo Egipto que sitúan el inicio de la
vitivinicultura como una actividad asociada a las clases más nobles, hay
quien se inclina todavía a pensar que ni fue en esta cultura ni en este
área geográfica donde el cultivo de la vid empezó a extenderse.
Un equipo de
investigadores de la Universidad de Barcelona acaba de aportar
recientemente nuevos datos que reforzarían la hipótesis egipcia. El
estudio, publicado en la revista Analytical Chemistry, órgano
de la Sociedad Química Americana, describe el hallazgo de rastros de
vino tinto en una ánfora funeraria perteneciente Tutankhamon. La
evidencia, obtenida mediante técnicas de cromatografía líquida y
espectrometría de masas, es una de las más palmarias de cuantas
corroboran el consumo de este tipo de vinos en el antiguo Egipto.
Conflicto histórico
Se sabía que en el antiguo
Egipto se cultivaba la vid, y que sus caldos eran privilegio casi
exclusivo para nobles y reyes en fiestas, ceremonias religiosas y
rituales funerarios. Era conocido también que las mejores cosechas
provenían del delta del Nilo y de los oasis más occidentales del país.
El aprecio de los egipcios por las cualidades del vino, entre las que se
atribuían ciertas «propiedades mágicas», se piensa que obedecía al hecho
de que el Nilo toma un color vinoso durante el ciclo anual de las
inundaciones.
Desde el Reino Antiguo
(2575 aC) hasta el Nuevo (1070 aC), las tumbas de los nobles se
decoraban con imágenes ocasionales de viticultura e incluso de
elaboración del vino, aspectos que reflejan el culto que sentían las
clases altas egipcias por el derivado de la vid. Para más señas, un
antiguo proverbio egipcio reza: «En el agua puedes ver reflejada tu
cara, pero en el vino siempre aparece tu mejor cualidad».
A pesar de que entre los
grandes clásicos se destaca el origen egipcio de los primeros vinos, no
hay pruebas fehacientes que lo demuestren rotundamente. De hecho,
algunos historiadores sitúan aún el origen del vino al sur del Cáucaso y
en la parte más meridional del Mar Caspio, enfatizando que la uva
empleada por los egipcios no era Vitis vinifera clásica.
La consideración de los
historiadores contrasta con con el análisis de los escritos de la Grecia
y la Roma antiguas. Plutarco, sin ir más lejos, afirma en uno de sus
textos que fue el mismo Osiris quien probó el vino por primera vez en la
historia, y luego enseñó a los mortales las técnicas de su elaboración.
Pese a la atribución divina del origen del vino, el texto no deja de ser
lo que parece un tributo al Egipto de los grandes faraones.
En otros tratados se
refiere la existencia de la vid en el antiguo Egipto, pero se relaciona
con un uso meramente ornamental en los jardines y huertas. Llama la
atención el censo que Ramsés III ordenó de 513 viñedos propiedad del
templo de Amón Ra, así como el nombramiento de un «maestro viticultor»
encargado de su conservación y mantenimiento. Un dato aún más
sofisticado es que a los trabajadores empleados en la construcción de
las pirámides de Giza se les permitía apagar su sed con cuatro clases de
vino y cinco de cerveza.
Los vinos egipcios
Valioso dato antropológico constituye, sin duda, el jeroglífico común
identificado en estas tres palabras: jardín, vino y vid. Lo cierto es
que las uvas, tal y como aparece en dibujos funerarios, se cosechaban,
se almacenaban, se pisaban con los pies y su zumo era guardado en
tinajas (ánforas) hasta la adecuada fermentación.
Un segundo prensado
separaba pieles y pepitas y permitía que el vino ya fermentado se
conservara en recipientes sellados con barro y con pequeñas aberturas
por donde dejar salir el dióxido de carbono. Cuando se consideraba que
la «crianza» se había completado (fijada en un máximo de 21 años), las
aberturas terminaban sellándose y el vino quedaba totalmente aislado del
exterior hasta su consumo.
Otro dato que apoya el
origen egipcio del vino es el hecho de que en la antigua Roma se
importaban vinos de Egipto, y no precisamente porque los romanos
anduvieran escasos en su provisión. Crónicas romanas cantan las
alabanzas de los vinos claros y fragantes de Mareotis, Sebennytus (delta
del Nilo), Menzalah, Sile y Tanis.
Con respecto al tipo de
vino consumido por los antiguos egipcios, todo apunta a que los secos
era los preferidos. Sólo uno de cada seis vinos «etiquetados» a mano por
los maestros encargados tenía inscrita la palabra «dulce». Los vinos de
más de 5 años de crianza acaparaban una tercera parte de los
inventarios.
Proliferan las
descripciones de vinos blancos, pero nunca hasta ahora se había
analizado químicamente qué tipo de vino que bebían exactamente los
egipcios. El artículo firmado por los investigadores españoles en
Analytical Chemistry, ha dado por fin con rastros de vino tinto en
una ánfora funeraria perteneciente a Tutankhamon.
VINO EN LA RIBERA DEL NILO
El equipo de la Universidad de Barcelona que ha logrado identificar los
restos de vino tinto en las ánforas faraónicas está integrado por las
investigadoras Maria Rosa Guasch-Jané, Maite Ibern-Gómez, Cristina
Andrés-Lacueva y Rosa María Lamuela-Raventós. Las científicas se
propusieron en su día investigar el tipo de uva con que los antiguos
egipcios elaboraban sus vinos. «Las ánforas halladas en los túmulos
funerarios contienen datos del producto, crianza y hasta el nombre del
viticultor, pero nunca hacen referencia al color del vino que
contenían», explica Guasch-Jané, «así que decidimos indagar sobre qué
tipo de vine se ofrecía a los faraones para su viaje del más allá».
Las investigadoras
identificaron rastros de vino negro en una ánfora de la tumba de
Tutankhamon, faraón de la Dinastía XVIII (~1333-1323 aC), que se
conserva en el Museo Egipcio de El Cairo. Dicha ánfora está firmada por
el maestro viticultor Khaa.
En su interior, el
equipo de la Universidad de Barcelona ha identificado ácido siríngico,
derivado de la malvidina e indicador del vino tinto. «La malvidina es la
antocianidina más importante del vino tinto y la responsable de su
color», señala la experta. Aplicando una fusión alcalina a los residuos
del ánfora estudiada obtuvieron el ácido siríngico (a partir de la
malvidina polimerizada), lo cual les permitió identificar el vino como
tinto.
Desde un punto de vista
técnico, la identificación no fue tan sencilla, puesto que se tuvo que
emplear un nuevo protocolo de gran sensibilidad para identificar vino en
residuos arqueológicos, basado en la cromatografía líquida y la
espectrometría de masas en tándem.
En el protocolo de esta
investigación, financiada por el grupo Codorníu y la Fundación para la
Cultura del Vino, se ha empleado ácido tartárico como indicador químico
de la presencia de vino. «El ácido tartárico en sí no informa del tipo
de uva con la que se elaboró el vino, por lo que ha sido preciso
recurrir al siríngico». La metodología empleada, añade el equipo de
investigadoras, está específicamente pensada para identificar la
presencia de vino en restos arqueológicos a partir de sus
características. La aportación principal de su trabajo, precisan, ha
sido precisamente «definir el método» para la detección de trazas
indicativas de vino tinto.
http://www.consumaseguridad.com/web/es/investigacion/2004/04/13/11792.php
 
Los
dátiles, los higos, las granadas y las
uvas
eran las frutas preferidas para la obtención de vino en el antiguo
Egipto. En la imagen, detalle de vendimia y pisado de uvas representados
en la Tumba de Nakht (Dinastía XVIII).
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