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"Guión para pensar la metáfora", Endoxa, Madrid, 8, (1996)

Julián Santos Guerrero

     Que un laberinto encierre sus propias salidas, que un heliotropo gire sin cesar cara al sol y encuentre su fin abismado, petrificado, entre la doble lámina celulósica del libro. Que las metáforas se multipli­quen sin fin, metáfora del fin, fin de la metáfora, fin sin más... Todo ello no agotaría los textos trazados, trenzados, relevados y reelevados, de Jacques Derrida acerca de la metáfora. Se trataría allí de un relevo y de una reelevación, de una retirada y de la duplicación repetiti­va de un trazo, de una reescritura excesiva y de una inscripción que anuncia el fin, imposible e inminente a la vez, de la metáfora; todo ello al hilo de un cierto tono, con un tono, sobre y desde un tono, apocalíptico.

El guión (-)

     ¿Qué se releva en "La mitología blanca"[1]? la metáfora: «La metafísica - relevo de la metáfora». Así se encabeza el último epígrafe de aquel artículo, uno de los dos escritos en los que Derrida aborda en exclusiva el tema de la metáfora. El trazo que contiene el enunciado, el guión intermedio, pone una cierta dificultad en ese juego de transcripción más o menos mecánica de lector desatento que habitualmente pasa por alto algunas marcas tipográficas, ciertos lugares extraños en la topografía de un texto, espacios de conflicto que a nosotros ya no nos debieran pasar desapercibidos y menos a partir de la intención, ahora manifiesta, de guiarnos por esos lugares, de tener como guión para pensar y pasar por la metáfora, afirmaciones conflictivas de J. Derrida respecto a lo trópico y a la filosofía; de tratar por nuestra parte de leer así ciertos gestos escritura­les suyos (un guión por ejemplo) como las marcas de una cuidadosa economía metafórica, como los pasos, las guías, que posibilitan la aplicación de un movimiento al pensamiento de un viejo tema[2].

     ¿Qué se releva en "La mitología blanca"? preguntábamos. El guión, ese pequeño trazo que corta la frase, parece decir: la metafísica es relevo de la metáfora. De alguna manera, el trazo suprime y "suple" la conjugación y escritura del verbo "ser", dejaría leer el verbo ausente en el intervalo de su suplencia tipográfi­ca -ya esa sustitución y "suplemento de la cópula"[3] sería sintomática; el "relevo" del verbo ser por un trazo bien podría darnos ciertas pistas, no obstante dejamos por ahora este síntoma para interesarnos en otra complicación-. La frase con su guión vendría a decir, al menos en principio, que la metafísica se establece, pues, como relevo de la metáfora, esto es: en un determinado ámbito (lugar original o conclusivo, depende por donde se mire), allí donde antes había metáfora, ahora, por medio de un paso de sustitución, de sublimación o de relevo (Aufhebung hegeliana) hay idea, metafísi­ca. Parece que el guión iguala los dos términos de la frase cortada por él haciéndose equivalente a un doble trazo, a un re-trazo (=). Así las cosas, el primer extremo de la enunciación debe asumir también la ambigüedad implícita en el segundo (el genitivo puede leerse como subjetivo u objetivo) y decir ahora que la metafísica vendría a ser un relevo implícito en la metáfora, uno de sus relevos, un paso más en el interior de una metafórica determinada y determinante. Si la metáfora implica una transferencia (meta-fora, llevar más allá, traslado, sobrepasar), una economía que se releva de un sentido a otro, un tráfico continuo de intercam­bio de sentidos, de una posta a otra (desde un sentido llamado "propio" a otro dicho "metafórico") "envío" y "carta postal", entonces la metafísica sería otro relevo más: lo "propio", y así lo más propiamente metafísico, estaría ahora en el lugar trocado, en el puesto de un sentido metafórico que exigiría a su vez el relevo por otro sentido metafórico, llevando de esta manera la ley del transporte a su exceso sin límites. La metafísica permanece, pues, en el interior de la metáfora.

     En cualquiera de los sentidos que le hayamos dado a la complicada tipografía del título, la metáfora, bien por un relevo definitivo y cortante, o bien por generalización de su continuo movimiento de relevo, «construye indefinidamente su propio final». Esto es lo que Derrida llama la autodestrucción de la metáfora en su doble trayecto:

«Esta autodestrucción siempre habrá podido seguir dos trayectos que son casi tangentes y, sin embargo, diferentes, se repiten, se imitan, y se separan según ciertas leyes. Uno de estos trayectos sigue la línea de una resistencia a la diseminación de lo metafórico en una sintáctica que comporta en alguna parte e inicialmente una pérdida irreductible del sentido: es el relevo metafísico de la metáfora en el sentido propio del ser. La generalización de la metáfora puede significar esta parousia. La metáfora es entonces comprendida por la metafísica como aquello que debe retirarse en el horizonte o en el fondo propio y acabar por reencontrar allí el origen de su verdad. El giro del sol se interpreta entonces como círculo especular, retorno a sí sin pérdida de sentido, sin gasto irreversible. (...)

 

     La otra auto-destrucción de la metáfora se parecería hasta el punto de confundirse con la filosó­fica. Pasaría, pues, esta vez, atravesando y doblando la primera, por un suplemento de resistencia sintácti­ca, por todo lo que (por ejemplo, en la lingüística moderna) desbarata la oposición de lo semántico y lo sintáctico y sobre todo la jerarquía filosófica que somete esto a aquello. Esta auto-destrucción tendría todavía la forma de una generalización, pero esta vez no se trataría de extender y de confirmar un filosofema; más bien, desplegándolo sin límite, de arrancarle los lindes de propiedad. Y por consiguiente de hacer saltar la oposición tranquilizadora de lo metafórico y de lo propio en la que lo uno y lo otro no hacían más que reflejarse y remitirse su resplandor.»[1]

    

       La lectura de aquel guión se complica más aún cuando vemos en él una línea direccional, la guía de un movimiento que nos lleva de la metafísica al relevo de la metáfora y, como cualquier puente de comunicación tendido entre dos extremos, también a la inversa. Algo así como una señal de doble dirección que las separara y, en un mismo trazo, las pusiera en contacto, como si cada una de ellas no fuera otra cosa que los límites de ese guión, finales de trayecto de una misma vía. De hecho, hace en ello hincapié Derrida hasta la repetición, no pueden pensarse la una sin la otra. El deseo de una metafórica original a la que pudiera reducirse toda la terminología metafísica contendría ya, a su vez, el entramado del que la propia metafísica surge y, con él, toda su tupida red de oposicio­nes (entre lo propio y lo impropio, entre el interior y el exterior, entre el origen y lo originado...) -«La metáfora sigue siendo por todos sus rasgos esenciales, un filosofema clásico, un concepto metafísico», y más adelante, de una manera más "metafórica": «Cada vez que hay una metáfora hay, sin duda, un sol en alguna parte; pero cada vez que hay sol, ha comenzado la metáfora»[2]- Cualquier retórica que defina la metáfora se encuentra interior a ese complejo, también él metafórico, que ha dado lugar al sistema de oposiciones propiamente metafísico: la metáfora es interior a la metafísica.

[1] [2] [3] [4]         


    [1] Los dos artículos de Jacques Derrida sobre la metáfora y a los que nos vamos a referir continuamente en este escrito son: "La mythologie blanche" dans DERRIDA, J., Marges de la philosophie, Les Editions de Minuit, Paris, 1972. Traducción española: "La mitología blanca" en Márgenes de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1989.  "Le retrait de la métaphore" dans DERRIDA, J., Psyché. Inventions de L'autre, Galilée, Paris, 1987. Traducción española: "La retirada de la metáfora" en DERRIDA, J., La desconstrucción en las fronteras de la filosofía, Paidós, Barcelona, 1989.

    [2] La metáfora es un tema tan viejo como la muerte. Este artículo explota los vínculos de vecindad entre una y otra.

    [3] Remitimos a "El suplemento de la cópula. La filosofía ante la lingüística", en DERRIDA, J., Márgenes de la filosofía, op. cit. 1989.

    [4] DERRIDA, J., Márgenes de la filosofía, op. cit. pp.307-308 y 310 respectivamente.

    [5] Márgenes de la filosofía, op. cit. pp. 259 y 291 respectivamente.