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Julián
Santos Guerrero
Que un laberinto encierre sus propias salidas, que un heliotropo
gire sin cesar cara al sol y encuentre su fin abismado, petrificado,
entre la doble lámina celulósica del libro. Que las metáforas se
multipliquen sin fin, metáfora del fin, fin de la metáfora, fin sin
más... Todo ello no agotaría los textos trazados, trenzados,
relevados y reelevados, de Jacques Derrida acerca de la metáfora. Se
trataría allí de un relevo y de una reelevación, de una retirada y
de la duplicación repetitiva de un trazo, de una reescritura
excesiva y de una inscripción que anuncia el fin, imposible e
inminente a la vez, de la metáfora; todo ello al hilo de un cierto
tono, con un tono, sobre y desde un tono, apocalíptico.
El guión (-)
¿Qué se releva en "La
mitología blanca"?
la metáfora: «La metafísica - relevo de la metáfora». Así se
encabeza el último epígrafe de aquel artículo, uno de los dos
escritos en los que Derrida aborda en exclusiva el tema de la
metáfora. El trazo que contiene el enunciado, el guión intermedio,
pone una cierta dificultad en ese juego de transcripción más o menos
mecánica de lector desatento que habitualmente pasa por alto algunas
marcas tipográficas, ciertos lugares extraños en la topografía de un
texto, espacios de conflicto que a nosotros ya no nos debieran pasar
desapercibidos y menos a partir de la intención, ahora manifiesta,
de guiarnos por esos lugares, de tener como guión para pensar y
pasar por la metáfora, afirmaciones conflictivas de J. Derrida
respecto a lo trópico y a la filosofía; de tratar por nuestra parte
de leer así ciertos gestos escriturales suyos (un guión por
ejemplo) como las marcas de una cuidadosa economía metafórica, como
los pasos, las guías, que posibilitan la aplicación de un movimiento
al pensamiento de un viejo tema.
¿Qué se releva en "La mitología
blanca"? preguntábamos. El guión, ese pequeño trazo que corta la
frase, parece decir: la metafísica es relevo de la metáfora. De
alguna manera, el trazo suprime y "suple" la conjugación y escritura
del verbo "ser", dejaría leer el verbo ausente en el intervalo de su
suplencia tipográfica -ya esa sustitución y "suplemento de la
cópula"
sería sintomática; el "relevo" del verbo ser por un trazo
bien podría darnos ciertas pistas, no obstante dejamos por ahora
este síntoma para interesarnos en otra complicación-. La frase con
su guión vendría a decir, al menos en principio, que la metafísica
se establece, pues, como relevo de la metáfora, esto es: en un
determinado ámbito (lugar original o conclusivo, depende por donde
se mire), allí donde antes había metáfora, ahora, por medio de un
paso de sustitución, de sublimación o de relevo (Aufhebung
hegeliana) hay idea, metafísica. Parece que el guión iguala los dos
términos de la frase cortada por él haciéndose equivalente a un
doble trazo, a un re-trazo (=). Así las cosas, el primer extremo de
la enunciación debe asumir también la ambigüedad implícita en el
segundo (el genitivo puede leerse como subjetivo u objetivo) y decir
ahora que la metafísica vendría a ser un relevo implícito en la
metáfora, uno de sus relevos, un paso más en el interior de una
metafórica determinada y determinante. Si la metáfora implica una
transferencia (meta-fora, llevar más allá, traslado,
sobrepasar), una economía que se releva de un sentido a otro, un
tráfico continuo de intercambio de sentidos, de una posta a otra
(desde un sentido llamado "propio" a otro dicho "metafórico")
"envío" y "carta postal", entonces la metafísica sería otro
relevo más: lo "propio", y así lo más propiamente metafísico,
estaría ahora en el lugar trocado, en el puesto de un sentido
metafórico que exigiría a su vez el relevo por otro sentido
metafórico, llevando de esta manera la ley del transporte a su
exceso sin límites. La metafísica permanece, pues, en el interior
de la metáfora.
En cualquiera de los sentidos que
le hayamos dado a la complicada tipografía del título, la metáfora,
bien por un relevo definitivo y cortante, o bien por generalización
de su continuo movimiento de relevo, «construye indefinidamente
su propio final». Esto es lo que Derrida llama la
autodestrucción de la metáfora en su doble trayecto:
«Esta
autodestrucción siempre habrá podido seguir dos trayectos que son
casi tangentes y, sin embargo, diferentes, se repiten, se imitan,
y se separan según ciertas leyes. Uno de estos trayectos sigue la
línea de una resistencia a la diseminación de lo metafórico en una
sintáctica que comporta en alguna parte e inicialmente una pérdida
irreductible del sentido: es el relevo metafísico de la metáfora
en el sentido propio del ser. La generalización de la metáfora
puede significar esta parousia. La metáfora es entonces
comprendida por la metafísica como aquello que debe retirarse en
el horizonte o en el fondo propio y acabar por reencontrar allí el
origen de su verdad. El giro del sol se interpreta entonces como
círculo especular, retorno a sí sin pérdida de sentido, sin gasto
irreversible. (...)
La
otra auto-destrucción de la metáfora se parecería hasta el
punto de confundirse con la filosófica. Pasaría, pues, esta vez,
atravesando y doblando la primera, por un suplemento de
resistencia sintáctica, por todo lo que (por ejemplo, en la
lingüística moderna) desbarata la oposición de lo semántico y lo
sintáctico y sobre todo la jerarquía filosófica que somete esto a
aquello. Esta auto-destrucción tendría todavía la forma de una
generalización, pero esta vez no se trataría de extender y de
confirmar un filosofema; más bien, desplegándolo sin límite, de
arrancarle los lindes de propiedad. Y por consiguiente de hacer
saltar la oposición tranquilizadora de lo metafórico y de lo
propio en la que lo uno y lo otro no hacían más que reflejarse y
remitirse su resplandor.»
La
lectura de aquel guión se complica más aún cuando vemos en él una
línea direccional, la guía de un movimiento que nos lleva de la
metafísica al relevo de la metáfora y, como cualquier puente de
comunicación tendido entre dos extremos, también a la inversa. Algo
así como una señal de doble dirección que las separara y, en un
mismo trazo, las pusiera en contacto, como si cada una de ellas no
fuera otra cosa que los límites de ese guión, finales de trayecto de
una misma vía. De hecho, hace en ello hincapié Derrida hasta la
repetición, no pueden pensarse la una sin la otra. El deseo
de una metafórica original a la que pudiera reducirse toda la
terminología metafísica contendría ya, a su vez, el entramado del
que la propia metafísica surge y, con él, toda su tupida red de
oposiciones (entre lo propio y lo impropio, entre el interior y el
exterior, entre el origen y lo originado...) -«La metáfora sigue
siendo por todos sus rasgos esenciales, un filosofema clásico, un
concepto metafísico», y más adelante, de una manera más
"metafórica": «Cada vez que hay una metáfora hay, sin duda, un
sol en alguna parte; pero cada vez que hay sol, ha comenzado la
metáfora»-
Cualquier retórica que defina la metáfora se encuentra interior a
ese complejo, también él metafórico, que ha dado lugar al sistema de
oposiciones propiamente metafísico: la metáfora es interior a la
metafísica.
Los dos artículos de Jacques Derrida sobre la metáfora y a los
que nos vamos a referir continuamente en este escrito son: "La
mythologie blanche" dans DERRIDA, J., Marges de la
philosophie, Les Editions de Minuit, Paris, 1972. Traducción
española: "La mitología blanca" en Márgenes de la filosofía,
Cátedra, Madrid, 1989.
"Le retrait de la métaphore" dans
DERRIDA, J., Psyché. Inventions de L'autre, Galilée,
Paris, 1987. Traducción española: "La retirada de la metáfora"
en DERRIDA, J., La desconstrucción en las fronteras de la
filosofía, Paidós, Barcelona, 1989.
La metáfora es un tema tan viejo como la muerte. Este artículo
explota los vínculos de vecindad entre una y otra.
Remitimos a "El suplemento de la cópula. La
filosofía ante la lingüística", en DERRIDA, J., Márgenes de
la filosofía, op. cit. 1989.
DERRIDA, J., Márgenes de la filosofía, op. cit.
pp.307-308 y 310 respectivamente.
Márgenes de la filosofía,
op. cit. pp. 259 y 291 respectivamente.
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