En “la
poesía amorosa” de Yehuda Ha-Levi, la amada es el objeto principal a
quien van dirigidos los versos del poeta amante. Hay una omnipresencia
de la joven doncella en el pensamiento del amante. Una amada que es
llamada cierva o gacela. Insistentemente aparece este apelativo que,
representa la belleza, gracilidad, inocencia, e inasibilidad de la
amada.
El poeta es el enamorado
protagonista del poema que goza y padece los “efectos del amor”. De ahí la
frecuencia de un “yo poético” no exento de algunos desdoblamientos
polifónicos que dan variedad y riqueza a los sempiternos temas amorosos. A la amada se dirige generalmente en segunda persona; pero
cuando, excepcionalmente, lo hace en tercera, la inmediata aparición de los
pronombres personales de la primera persona del singular sirve para constatar el
absoluto protagonismo de ese “yo poético”, agente y paciente al mismo
tiempo de las veleidades del amor. Todo ello reforzado con un recurrente
paralelismo para resaltar más, si cabe, la belleza de la amada y la servidumbre y disposición del afligido
enamorado, siempre pendiente de ella, en su presencia y en su ausencia, en su
accesibilidad y en su rechazo, en su cautiverio y en su dolor. Este breve poema,
de tan sólo cuatro versos, con un paralelismo rebosante de bellas metáforas,
en el que utiliza el presente de indicativo, como una constatación de que
siempre ocurre así lo que relata, da fe de lo dicho:
La
cierva lava sus vestidos en las aguas
de
mis lágrimas y las tiende al sol de su esplendor.
No
precisa agua de manantiales, pues tiene mis ojos,
ni
sol, con la belleza de su figura.
(41)
Una
gacela-amada deslumbrante, comparada tan obsesivamente a lo largo de los poemas
con el resplandor del sol en su cenit, que la hace inaprensible al sentido de la
vista, de tanta luz como desprende. Pero, a veces, la cercanía se hace precisa
y el poeta, sin olvidar el símil del sol, recurre al momento de su orto, donde
sí puede ser contemplado y, en consecuencia, también la imagen de la amada.
Entonces prescinde del paralelismo y recurre a lo narrativo, sin abandonar
por ello el rico y abundante empleo de metáforas, encabalgando versos de
principio a fin, e hilvanando circunstancias temporales y párrafos descriptivos
para hacer más fidedigno el relato del “encuentro amoroso”:
La
noche en que la joven gacela me descubrió
el
sol de sus mejillas y el velo de su pelo,
rojizo
cual rubí, cubriendo, sobre
sien
de húmedo bedelio, su bella imagen,
se
parecía al sol, que cuando despunta enrojece
las
nubes del alba con su brillante llama.
(45)
El
diálogo directo aparece, a veces, sin introducciones y yuxtapuesto, como ocurre
en la conversación. La amada convoca al amado con el título de “príncipe de
la belleza” , y el amado la cita con ese otro vocativo ¡mi preciosa gacela!,
en el que el posesivo “mi” representa la pertenencia de la amada, también
repetido en “esta mi noche”, queriendo significar con ello una cita amorosa
ya acordada en la que el amado le solicita el encuentro amoroso con esa delicada
metáfora “reúne un tropel de delicias”:
Te
conjuro, ¡príncipe de la belleza!,
¡mi
preciosa gacela!: aleja los pesares
esta
noche mía, con tu compañía reúne
un
tropel de delicias para el pobre corazón doliente.
(87)
El amado, esclavo de la amada: Una lírica de la ausencia
El poeta está cautivado por la belleza de
la amada de tal forma, que se siente esclavo de ella; pero con una esclavitud
que se le antoja cruel. El bello vocativo que abre el poema para dirigirse a la
amada y la alusión a la hermosura no es óbice para, nuevamente con el empleo
del paralelismo, recalcar su condición de prisionero:
Graciosa
gacela, con tu hermosura me cautivaste,
cruelmente
me esclavizaste en tu prisión.
(43)
Y,
aunque querida, es una esclavitud que produce en el amante sensaciones
contradictorias porque, en definitiva, no soporta la ausencia de libertad. Esa
falta de libertad es la que le hace decir en un breve monólogo interior, sin la
presencia de la amada:
Irritado estoy con la gacela
por
haberme puesto en cautiverio.
(97)
Todo esto lo constata en un breve epigrama
con un juramento de amor. Un amor que le lanzó una flecha y que nos recuerda a
la iconografía del dios arquero Cupido. La oreja perforada es símbolo de
esclavitud, ya que a los esclavos se les perforaba y se les ponía un aro, en
tanto que el corazón partido en dos simboliza ese corazón herido de amores,
cuya metáfora se sigue cantando hasta nuestros días:
¡Por
la Alianza!, amado mío, ¡por tu vida! ¡por
vida
del amor que me lanzó una flecha!
¡Juro
que soy siervo del amor que ha perforado
mi
oreja y ha partido en dos mi corazón!
(93)
Pero
a la crueldad de la prisión se le añade la aflicción por la ausencia de la
amada. La comparación de la amada con el sol no se refiere, como antes, a su
fulgor, sino que el orto y ocaso del astro rey son ahora el símbolo de la
presencia y la ausencia de la amada. Por eso afirma categóricamente:
La
cierva que surgiera como el sol,
aflige
a su amante con su ausencia.
(69)
Ausencia
que se hace insoportable. De ahí el tono lastimero y levemente imprecatorio con
que se dirige a la amada, en un sentido interrogante retórico lleno de ternura.
Es en estos versos, donde la “lírica de la espera” constituye, con su
morosidad, el momento más puro de la poesía. Por eso el poeta no requiere la
inminente presencia de la amada, sino la de los mensajeros que anuncien su
presencia, para gozar-sufrir durante todo el tiempo que dure su venida, porque
en el camino está la esperanza, y es en esta “esperanzada espera” donde
surge la más alta frecuencia del latido y, consecuentemente, el momento amoroso
por excelencia, en el que, de ser mensurables, serían más patentes los
dolorosos efluvios del amor:
¿Qué te pasa, gacela, que no envías tus mensajeros
al
amado cuyo pecho rebosa de dolor por ti?
(55)
El
fuego de la distancia hace dudar del amor de la amada. Un rechazo insoportable
que obliga al enamorado a solicitar la muerte a manos de la amada. Pero,
inmediatamente, se desdobla, como emisor del mensaje, en una polifonía en la
que pasa a referirse a sí mismo utilizando la segunda persona, con nuevas
metáforas sobre la ausencia, para terminar en una súplica amorosa en la que la
leche y la miel son sensual simbología de la entrega amorosa. Cuatro versos de
inicial y bélico enfrentamiento, que terminan en el desesperado imperativo “¡desenvaina!”,
pidiendo la muerte a manos de la amada, dan paso a otros cuatro, que concluyen
en ese otro imperativo “troca” en los que solicita la consumación amorosa.
Contra
la víctima de tu amor arrecia el combate,
inflama
el querer con el fuego de la distancia.
Me
desdeñas, ¡por eso blandes contra mí la lanza!;
También
siento yo hastío de mi alma, ¡desenvaina!
¡Hermosa
doncella!, no conviene que tu amado esté cautivo,
acércate
y aleja el carruaje de la ausencia.
¡El
lecho de mis penas troca en gozoso tálamo,
y
da a gustar a tu amante leche y miel!
(47)
Por el contrario, el anuncio de llegada de
la amada es saludado con insólita y fría seguridad en estos dos versos
iniciales de una moaxaja:
¡Saludos
a la joven gacela
aunque
el fuego de su amor me abrase!
(69)
¿Dónde
está tanta pasión, tanto arrebato? ¿Por qué, ahora que llega la amada, es
tan lacónico su recibimiento? Sólo se entiende como inevitable protocolo
dirigido a los mensajeros que anuncian su llegada, o bien porque la amada llegue
acompañada por su séquito. De ahí la frialdad del saludo, aun con la
inevitable constatación de que quedan los rescoldos que la ausencia ha
provocado. Y así, las dos siguientes estrofas de la moaxaja van transitando con
esa estudiada distancia con que habla de la amada en tercera persona:
La vida de su
voluntad depende,
junto
a ella los muertos resucitan.
(69)
Pero,
en la tercera estrofa, tras un primer verso que mantiene el mismo tono y el
mismo tiempo, vuelve en el segundo, repentinamente, a la cercanía de la poesía
del “tú” con un interrogante de reproche a la amada:
Sus
cabellos son dorados, perfecta su hermosura,
¿cómo
puedes, ¡oh gacela!, devorar cual león?
(69)
Ahora el poeta sufre con la presencia de
la amada, porque, en ese inquieto no vivir de la cárcel del amor, no puede
evitar el pensar en la inminente partida. Y, entonces, de nuevo el tono
lastimero toma cuerpo. En la explícita declaración
de amor ya no hay dudas. Ha desaparecido el dolor por la prisión y la angustia
por la ausencia. El acercamiento, el requiebro, debe ser comedido para evitar
que huya la gacela-amada. Se adivina ahora la intimidad del momento:
No
te alejes, gacela, que mucho te he querido desde siempre.
Eres
mi amor y mi deleite, me basta tu favor, ¡me basta!
(73)
La
ausencia y la presencia se muestran, a menudo, contrapuestas y,
consecuentemente, la antítesis aparece paralelamente en la descripción metafórica
y en sus correspondientes efectos:
Víboras
son tus mejillas, mas de ellas fluye bálsamo;
al ausente torturan, al que está
cerca sanan.
(51)
Y
si la llegada es la esperanza, la partida es la muerte. La solicitud a la amada
para que se apiade de su corazón, en el que “siempre” ha morado, nos habla,
desde la primera separación, de la “muerte que provoca la ausencia:
Cierva graciosa, ten
piedad del corazón en el que siempre moraste;
Bien
sabes que el día de tu marcha me hará morir tu ausencia.
(61)
Es la causa por la que se ofrece como
cordero al sacrificio. La vida es ya por entero de la amada, y el amante está
dispuesto a hacer lo que le pida, aunque, tras tanta seguridad mostrada en su
primer ofrecimiento, ante la posibilidad de la muerte, no puede por menos que
apuntar una cierta debilidad final, entre la súplica y el deseo:
¡Aquí
me tienes si deseas mi muerte! ¡llámame y responderé!
No
hay en mi boca engaño, ¡te lo juro! Pídeme lo más arduo.
Pocos
son mis días y tuya es mi vida, ¡ojalá la alargaras!
(65)
La
“muerte” se repetirá en cada partida. El nuevo viaje de la amada, con esa
metáfora marinera de la dura separación (llevada a cabo por la propia amada) y
por el oneroso peso que le ocasiona, termina en una bella antítesis entre
llegada y partida, entre vida y muerte:
Desde que al partir soltó mis amarras,
suplico
sin que nadie me atienda.
¿Qué
ocultaré? Mi morada me delata,
mis
lágrimas no disimulan mi mal,
tan
pesado que no puedo resistirlo.
Un
día da la vida, otro la muerte.
(83)
Pero
la muerte no es una muerte definitiva sin posible retorno. Diríamos que es una
especie de “muerte larvada”, que sólo necesita un mínimo atisbo de la
presencia de la amada para que el amante resucite. La patente hipérbole del
primer verso nos hace pensar en ese tipo de muerte amorosa de la que se puede
retornar. Y es que el amor todo lo puede. Bastará el leve sonido de las
campanillas de manto de la amada o una pregunta suya para volver a la vida al
amado que, enseguida, se interesará por ella:
Si
después de mi muerte llegara a mis oídos
el
tañir de campanillas doradas del borde de tu manto,
o
preguntaras cómo le va a tu amigo, desde el se’ol
me
interesaría por tu amor y bienestar.
(57)
Y,
de nuevo, comenzará el repetido ciclo de ausencias y presencias, de ortos y
ocasos, de muertes y resurrecciones. Pero, a veces, para no tener que padecer
esas “muertes” provocadas por la partida, el poeta-amante pone saludos de
ánimo en la boca de la amada para que el viento los haga llegar hasta él.
Palabras que son el hilo de un recuerdo que le mantiene vivo. Otra vez utiliza
el texto narrativo, con la constatación del día y lugar donde se selló el
pacto de amor, para dar verosimilitud al relato:
Sobre
las alas del viento pongo mis saludos
cuando
hacia mi amado sopla con el calor del día;
sólo
pido que recuerde el día de su partida,
cuando
hicimos un pacto de amor junto al manzano.
(89)
El clímax de la resurrección viene dado
con la consumación del amor. La relación metafórica pechos-manzanas pone de
manifiesto la erótica del relato, con la antítesis de bálsamo y herida que
provocan. De nuevo se impone el texto narrativo, utilizando el tiempo pasado:
Recuerdo
el día en que me prometió
devolverme
a la vida, y lo cumplió:
con
dos manzanas confortó
mi
alma, que volvió a mi cuerpo,
no
sin antes haberme con ellas traspasado.
Se
abrazó a mi costado durante todo el día,
y
al ponerse el sol se retiró
para
marcharse a casa, gritando amargamente.
(71)
Una
poesía sensorial y sensual: Bálsamo, leche y miel como simbología erótica de
la preparación y consumación amorosa
El bálsamo, que alivia el cuerpo por
fuera, y la leche y la miel, que lo conforta por dentro, aparecen, como ya se ha
visto antes, como símbolos de la entrega y de la consumación amorosa. El bálsamo,
que se aplica sobre la piel, es el
requiebro, el acercamiento, la suavidad del tacto, la preparación exterior que
predispone al cuerpo. La leche y la miel, alimentos del cuerpo, son los sabrosos
dones que la amada hace gustar al enamorado, la auténtica consumación del
encuentro amoroso. Los sentidos del tacto y del gusto aparecen, por lo tanto con
esta simbología:
De
tu boca y del panal de tus mejillas, da a gustar
al
que te ama un poco de bálsamo y de miel.
(51)
La socorrida antítesis y el paralelismo
se imponen de nuevo para subrayar los continuos y extremos cambios que soporta
el corazón enamorado: la amargura y la ponzoña de la ausencia, contra el
dulzor y la miel de la presencia:
Amargura
y dulzor cercan mi corazón:
la
ponzoña de la ausencia y la miel de tus besos.
(51)
Y
es que nunca hay descanso para el enamorado. Los interrogantes retóricos se
suceden sin encontrar respuesta y el enamorado ve en el rostro de la amada, sin
solución de continuidad, el favor y el odio. No hay descanso ni tranquilidad.
Las preocupaciones, las “cuitas”, son muchas veces infundadas. Parece como
si ese desasosiego, ese ininterrumpido penar-gozar fuese necesario para mantener
el fuego del amor, para ser siempre consciente de que se está enamorado; y que
hasta el desamor que tiñe de cólera y de ira los ojos de la amada, no fuese
sino una manifestación más del mismo amor:
¿He
de tener cuitas, si la luz de tu rostro es mi sol y mi luna?
Hubiera
podido recoger de entre tus dientes la miel y el bálsamo,
si
no fueran armas de tus ojos la ira y la cólera.
¿Por
qué, ¡oh doncella!, seré por tu amor muerto sin armas?
Ve
mi rosa en tu mejilla que anhela liberarme.
(67)
Y la amada, no puede por menos de
sonrojarse ante la atrevida solicitud de un enamorado, que vive el momento en un
eterno presente, porque si ocurrió así una vez, sabe que volverá a suceder:
Si
le pido la miel de sus labios,
enrojece
como el sol que despunta.
(79)
Una
miel cuyo dulzor pervivirá en el recuerdo y que se transformará en esa opuesta
amargura que siempre conlleva la ausencia:
La
ausencia amarga mi corazón al recordar
el
panal de miel de tus besos en mis labios.
(59)
Símbolos
para describir el rostro y el cuerpo de la amada
Continúa la simbología de los sentidos.
Y es de nuevo el gusto, con la relación metafórica pechos-manzanas, citada más
arriba, así como el juramento de amor bajo un manzano, los que corroboran esta
aseveración. Ojos, mejillas, labios y pechos constituyen la parte de la anatomía
más citada en la poesía amorosa de Yehudá Ha-Levi. Veíamos cómo con las dos
manzanas conforta el cuerpo del amado, no sin antes haberle traspasado con
ellas. Todo ello simboliza la predisposición de la amada en función de su
presencia o ausencia, de su amor o de su rechazo. Pechos-manzanas que no dejan
lugar a dudas en su detallada descripción, conformando parte del árbol de la
vida o vistas comparativamente como lanzas en el momento del rechazo:
¡Ojalá
tenga piedad del corazón de sus amigos
el
corazón que produce dos manzanas,
a
izquierda y derecha como lanzas,
encaramadas
en un tallo
sobre
rama hermosa del árbol de la vida.
(81)
Figura repetida que brota, esta vez, de un
corazón de piedra:
El
corazón me roba con los pechos que sobre su corazón reposan;
un
corazón como de piedra, que hace brotar dos manzanas
erguidas
a la izquierda y la derecha, como si fueran lanzas.
(61)
Y cuando la manzana aparece en su plano
real, es el recuerdo el que evoca el plano figurado de los pechos de la amada, y
también el de las mejillas, comparadas frecuentemente tanto con las manzanas
como con los rubíes, el sol y las rosas.
Saboreo
una roja manzana cuyo aroma es como
la fragancia de tu rostro y tu atavío;
tiene
la misma forma de tus pechos y el color
de ese rubí que asoma a tus
mejillas.
(43)
2.-
Ropajes, piedras preciosas y jardines
Rubíes, zafiros, bedelios (diamantes),
perlas y otras piedras preciosas, son elementos metafóricos que conforman el
rostro de la amada y que aparece en todo su esplendor ante la vista del amado.
En efecto, la amada es tan bella, que su rostro es un compendio de las piedras más
preciosas:
Veo imagen de rubí sobre zafiros
al contemplar tus labios y tus
dientes.
(57)
Y las sedas, brocados y los más ricos
tejidos conformarán asimismo metafóricamente su cuerpo. Porque, en el plano
real, reconoce que las joyas con que se adornan las demás doncellas son sólo
un producto de la artesanía, en tanto que las ricas vestimentas y adornos de la
amada son su propio cuerpo y su rostro:
Seda bordada es el vestido de tu
cuerpo, pero
la gracia y la hermosura recubren tus
ojos;
las joyas de las doncellas son obras
de artesano, mas
esplendor y encanto son tus adornos.
(57)
Idea repetida también en estos versos, en
los que, sin citarlo expresamente, se canta la belleza del cuerpo desnudo de la
amada, en el que los adornos no son sino un obstáculo para la caricia del
amado:
Te revistas o no de brocados como las
señoras,
te basta tu figura, pues te adornas
de encanto y no de joyas.
Estás colmada de hermosura, ¿qué te añaden collares y lunetas?
¡sólo impiden abrazar tu garganta,
besar tu cuello!
(67)
A todo ello se une un mundo vegetal idílico,
donde repite la metáfora de los labios y de los dientes, donde los ojos son
flechas, como los de la paloma antes citada, pasando a comparar las mejillas con
las rosas, siendo el rostro un jardín del Edén; pero tras la rica descripción
de la amada, el poeta termina con una conclusión en la que diagnostica (Yehuda
Ha-Levi es médico) de manera universal esa “enfermedad sin cura” cuyos síntomas
son todo los referidos “males del amor”:
Labios de rubí con hileras de perlas,
ojos como flechas aguzadas,
bellas mejillas cual rosas
encarnadas,
rostro sembrado de jardines del Edén
moldeado
sobre gentil tallo de bedelio,
en tálamo fiel criado,
bien guardado; así son los males de
su amor
en el corazón del amante, enfermedad
sin cura.
(87)
A veces el poema se vuelve críptico,
cargado de total simbología, y desaparecen los elementos más directos que
enraizan con la realidad. Pero metidos en el contexto del resto de poemas, no
hay lugar para la duda en la interpretación. La amada se dirige con
invitatorios imperativos al amado, al que llama ciervo, para “apacentar en los
jardines”, que no es otra cosa que la invitación al amor. Los lirios, las
palmas y los racimos son los bellos y sabrosos dones que conforman la amada. La
admiración final sobre la hermosura de las aguas que “brotan y riegan mis
campos” simbolizan la disposición de la amada que encela al amante para la
consumación del amor.
Para subir a apacentar en los jardines
baja, ¡oh ciervo!, para coger
lirios;
toma de la palmera palmas,
racimos de alheñas de ‘En-Gedi, bañados por mi belleza.
¡Qué hermosas brotan mis aguas y
riegan mis campos!
(75)
La demostración de lo expuesto puede
verse en la siguiente estrofa, donde el amante “pacía en su jardín apretando
sus pechos”. El relato cobra un absoluto realismo. La amada increpa la
fogosidad e inexperiencia del amante. Y ratifica el poder de la palabra, como
iniciación del requiebro amoroso, que consigue derretir el corazón de la
amada. En la jarcha final en romance, la amada solicita al hermoso amigo que no
la abandone.
Un día que mis manos pacían en su jardín apretando sus pechos,
dijo: “detén tus manos, todavía
les falta costumbre”,
y me ablandó con palabras que mi
corazón derritieron:
“¡Non me tankes ya habíbi!,
fa-encara dan`osu
al-hilala rahsa; ¡bastate
fermosu!”
(63)
3.- El perfume
Si el amado acaba siendo consciente de su
enfermedad, también lo es de que es la amada la que lleva las riendas del juego
amoroso; pero no lo reconoce expresamente como amado sino como poeta, desdoblándose para poner en boca de la amada esta
realidad. Bellísima y llena de sensualidad la metáfora “la lengua de mi
aroma”, provocadora del acoso del amado, perro con la constatación que es
ella la agente de la seducción. El sentido del olfato como estímulo del juego
amoroso:
Me
acosa mi amado en el palacio
al delatarme la lengua de mi aroma,
pero yo le seduzco y le derroto.
Siente el amado que es mi presa, mas
el corazón en mi costado
es
su prisión, entre mis ropas y bajo mis collares
(73)
Esos
aromas de la amada marcan el territorio amoroso y son asimismo una constatación
de su cercanía. Aromas que constituyen una razón más para que el enamorado
desee seguir viviendo:
¡Ojalá pudiera
yo vivir para recoger aromas
y mirra de entre tus pasos!
(59)
El
fuego del amor
El fuego y las brasas están asimismo
presentes, simbolizando al corazón ardiente de deseos por poseer a la amada. La
erótica del relato es ahora directa desde un verbo inicial en futuro, sin equívocos,
y lleno de desnuda sensualidad. Las comparaciones elegidas para describir el
beso son extremadamente fuertes y expresan un deseo de realización desesperado:
Chuparé tus labios rojos, ardientes como
brasas, y mis mandíbulas serán como
tenazas.
(91)
Y cuando la canción de la amada aviva la
hoguera del amor en el amado, es la propia amada la que le pide imperativa y
repetidamente el beso.
Su canción atraviesa mis entrañas
cuando canta para avivar mi hoguera:
“besa mi boca y ya es bastante,
amigo mío,
besa, besa, besa mi boca,
y olvida tu mala estrella, amado mío”.
(79)
El paralelismo vuelve a surgir para
resaltar la idea de que la presencia del amor acaba con las lágrimas del
desconsolado enamorado. Bellísima y sensual la metáfora introductoria
utilizando el verbo lamer:
Tu fuego lame las gotas de las lágrimas, y hasta
corazones de piedra desgastarían tus
sollozos;
yo he caído en el fuego de tu amor y
las aguas de mi llanto, ¡ay
de mi corazón por mis lágrimas y
tus brasas!
(57)
El fuego del deseo amoroso se apaga cuando
llega el beso. Pero el poeta utiliza esa aparente contradicción de apagar el
fuego con el fuego. Y el fuego del amor, que también es sed, encontrará el
agua, que es el regalo amoroso. Elementos contrarios, el fuego y el agua, aquí
unidos para describir el mismo momento del encuentro:
Fuego tomaré de tus mejillas para apagar llama con llama;
cuando esté sediento, allí
encontraré agua.
(91)
Referencias bíblicas para un amor
de designio divino
Sin pretender profundizar en esta temática,
que ya de por sí daría para un extenso estudio, sobre todo por la evidente
fuente que constituye para el poeta El
Cantar de los Cantares, sí que sería oportuno hacer constar esas leves
citas referidas a pasajes bíblicos de conocimiento más común que aparecen
salpicando los poemas.
Y así como en los sueños de José, las
gavillas de sus hermanos se inclinan hacia la suya, en señal de acatamiento, lo
mismo ocurre en el campo del amor, donde las demás amadas le rinden vasallaje
como símbolo de la más bella entre las bellas:
En
el campo de las amadas, las gavillas del amor
se postran ante las tuyas.
(59)
En
otro pasaje pone en duda el ser angelical de la amada, pues consume el fuego del
amado, en tanto que el Ángel de Yahvé estaba sobre una zarza ardiente que no
se consumía:
¿Cómo imaginarte cual ángel
en la tierra si consumes mi zarza?
(65)
La amada es llamada a veces paloma. Pero
una paloma con un sentido diferente al que tenemos. La paloma es la amada
distante, e incluso cruel, que manifiesta la repulsa amorosa disparando dardos
al corazón del hombre. En los últimos versos de este breve poema hay una clara
alusión al Paraíso terrenal y a la expulsión de Adán y Eva por un Ángel que
blande una espada flamígera:
La paloma, cual sol, recorre la Esfera;
domina con firmeza todo lo creado.
Sus ojos son dardos que no yerran el
corazón
del
hombre; ella con inquina derrama su sangre.
Confía la protección de las flores
de su Edén
a la flama de la espada llameante.
(49)
También hay una comparación de la amada
con el bíblico maná, alimento que caía del cielo cada día en el camino de
los israelitas hacia la Tierra Prometida:
Si el Destino
pretende retenerte y te guarda cual maná,
en
mi corazón tienes un lugar firme y seguro.
(65)
Ese Destino que no es otra cosa que
precepto divino. Por eso cuando se produce el rechazo de la amada simbolizado
por los ojos que disparan flechas dice:
La cierva, los preceptos divinos con
sus ojos profana
me da alevosa muerte, sin que nadie
me vengue.
(61)
Unos preceptos divinos que aparecen diáfanos
en la siguiente cita que corresponde a la estrofa final de una moaxaja,
compuesta por dos versos
introductorios y cinco estrofas de cinco versos cada una. En ella la amada se
ofrece incondicionalmente al amado, que es para ella como un regalo de su Dios.
Es lo suficientemente clarificadora para mostrar que existe un designio divino
en ese amor. Un amor total en el que la fe, la fidelidad y la sensualidad de la
entrega amorosa aparecen en perfecta comunión:
Te abrazaré de noche, al anhelado crepúsculo,
y mi dulzura será el fruto de tus
labios.
a ti que eres todo mío he de
decirte:
“Muy hermoso te veo, amado mío,
Dios te entregó en mis manos;
sólo a ti te daré mis amores, y
dormirás entre mis pechos.”
(75)
[1]
Con el fin de
mantener una coherencia a la hora de realizar este breve estudio sobre “La
poesía amorosa de Yehuda Ha-Levi”, he utilizado únicamente el libro Yehuda Ha-Levi,
Poemas,
con introducción traducción y notas de Ángel
Sáenz-Badillos y Judit Targarona Borrás, y estudios literarios de Aviva
Doron, en edición bilingüe, editado por Clásicos Alfaguara. El
trabajo está hecho sobre los 21 poemas iniciales que comprende el apartado
“Poemas de amor y vino”.