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La UNED demuestra que aprender no tiene edad: José, 78 años, termina Derecho y sigue con Psicología

A sus 78 años, el ingeniero industrial jubilado, José Castro Guío, se ha convertido en un referente de perseverancia y amor por el aprendizaje en España. Tras una vida profesional dedicada a la ingeniería, decidió aprovechar la jubilación para iniciar nuevos caminos. Con una trayectoria académica insólita para su edad, completó recientemente el Grado en Derecho en UNED Huelva, donde ha dejado huella: terminó con una nota media de 8,7 y consiguió un total de ocho matrículas de honor, acompañadas de quince sobresalientes y trece notables.
22/01/2026

Volver a la universidad supuso un reto para José, pero ha demostrado que el aprendizaje puede ser continuo y que la edad no constituye un obstáculo para abrazar la educación formal con disciplina y curiosidad. Más allá de sus logros académicos, su vida refleja un compromiso activo con su entorno: combina sus estudios con una intensa actividad social y voluntariado en diversas organizaciones.

 

La jubilación se presentó para José como una oportunidad: con más horas disponibles y menos urgencias impuestas por la agenda laboral, se planteó de manera consciente a qué quería dedicar esa nueva etapa vital. La primera respuesta fue inmediata: ampliar el tiempo destinado al voluntariado, una actividad que siempre había ocupado un lugar central en su vida. La segunda exigió mayor reflexión. Entre profundizar en su relación con la naturaleza —senderismo y avistamiento de aves— o afrontar un viejo reto intelectual, terminó imponiéndose este último: adquirir un conocimiento más sólido del ordenamiento jurídico español.

 

La decisión de estudiar el grado de Derecho respondió a una antigua inquietud académica y a la vez logra dar un sentido práctico a su compromiso social. El Derecho ofrecía una mirada más amplia sobre las relaciones humanas y una herramienta concreta para ayudar a otras personas. 

 

Elegir la UNED fue una consecuencia natural de esa decisión. La universidad a distancia le permitía compaginar el estudio con la vida familiar, las amistades, el ocio y el voluntariado, sin necesidad de desplazamientos y con una flexibilidad horaria especialmente valiosa en esta etapa de su vida.

 

Reconoce que formalizó la matrícula con muchas inseguridades respecto a su capacidad memorística. Por ello, optó por inscribirse en una sola asignatura: Derecho Civil I. Aquella prudencia duró poco. Pronto comprobó que las dificultades de aprendizaje no eran una cuestión generacional, sino una experiencia compartida también por los estudiantes más jóvenes. Sus compañeros le acogieron como a uno más, sin grandes diferencias en el trato con compañeros o tutores, si acaso destacaba por su participación algo más activa en las clases.

 

Recuerda con especial cariño de aquellos años de estudio la convivencia intergeneracional. Compartir espacio académico con estudiantes mucho más jóvenes le ofreció una perspectiva renovada de las relaciones sociales y del propio aprendizaje. A ello se sumó la satisfacción de comprobar cómo los conocimientos adquiridos podían trasladarse a la vida cotidiana y al ámbito del voluntariado, reforzando la sensación de utilidad y coherencia entre estudio y compromiso personal.

 

Como contrapunto de esta etapa señala la obligación de someterse a exámenes, para él, la parte más ingrata del proceso. Llegó a vivirla como una forma de esclavitud académica, aunque reconoce su carácter imprescindible para consolidar los conocimientos. Eso sí, aboga por una evaluación menos centrada en la memorización y más orientada a la aplicación práctica, un enfoque que ya ha encontrado en algunas materias.

 

La organización del estudio, que en su caso ha resultado tan efectiva, ha sido siempre clara y deliberada. La familia, los amigos, el voluntariado y el ocio ocuparon una posición prioritaria. Solo durante el periodo de exámenes alteraba esa rutina, incrementando el tiempo de estudio a costa de reducir actividades de ocio.

 

Con la perspectiva del tiempo, sus conclusiones van más allá de lo académico. Estudiar a una edad avanzada le ha confirmado que nunca es tarde para aprender, cambiar de rumbo o incluso iniciar un nuevo itinerario profesional. Prueba de ello es que, lejos de cerrar esta etapa, este mismo año se ha matriculado en el grado de Psicología. Pero subraya una condición esencial

Aquello que se emprenda debe resultar gratificante, aportar paz, felicidad y una renovada alegría de vivir. Solo así se evita caer en la resignación, el cansancio o la monotonía que a menudo acompañan a determinadas etapas de la vida.

 

En última instancia, su reflexión desemboca en una idea sencilla y ambiciosa a la vez: la felicidad como objetivo vital. Entendida no como una meta abstracta, sino como la coherencia entre lo que se piensa, lo que se es y lo que se hace, sin olvidar la responsabilidad de ayudarnos unos a otros en un mundo cada vez más complejo. En ese camino, el conocimiento se convierte en un ingrediente fundamental. Proporciona libertad personal, al fomentar la independencia de pensamiento; seguridad, al permitir una mejor comprensión de la sociedad y sus interrelaciones; y amplitud de miras, al hacernos más comprensivos y solidarios.

 

La edad, concluye, no es un obstáculo, sino el marco temporal en el que cada persona tiene la oportunidad de materializar ese propósito. Y, paradójicamente, cuanto más tiempo vivido, mayores son las posibilidades de alcanzarlo.