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El rojo que guiaba en la oscuridad: un estudio plantea una nueva función para el arte rupestre

Una investigación de la UNED y el CSIC, publicada en Time & Mind, muestra que los signos rojos se detectan antes y durante más tiempo que los negros, lo que sugiere que pudieron resultar especialmente eficaces en cuevas iluminadas con antorchas.
12/06/2026
Miriam García Capín y María Silva Gago, autoras de la investigación sobre el papel del color rojo en el arte rupestre paleolítico.

Una simple mancha de pigmento rojo sobre la pared de una cueva puede parecer un detalle menor frente a la majestuosidad de los bisontes, caballos o ciervos del arte rupestre paleolítico. Sin embargo, un estudio desarrollado por las arqueólogas Miriam García Capín (UNED) y María Silva Gago (Incipit-CSIC) sugiere que esos discretos signos pudieron desempeñar una función decisiva: captar la atención de quienes recorrían la oscuridad subterránea iluminados únicamente por antorchas.

 

La investigación demuestra que los motivos pintados en rojo son detectados con mayor rapidez y durante más tiempo que los mismos signos en negro. Esto abre una nueva vía para comprender cómo nuestros antepasados percibían y transformaban el espacio cavernario. Lejos de ser un mero recurso estético, el color rojo pudo convertirse en una herramienta para hacer más reconocible y habitable un entorno hostil.

 

El artículo está firmado por ambas arqueólogas, que desarrollaron conjuntamente tanto el estudio como sus principales interpretaciones. En esta entrevista nos contesta Miriam García Capín, investigadora de la UNED, cuyas reflexiones recogen y desarrollan las ideas que ambas investigadoras plantean en el trabajo científico.

 

«Es probable que percibir un rastro humano hiciera que una cueva se sintiera menos hostil»

 

¿Recuerdas algún momento, durante el trabajo de campo en una cueva, en que empezaras a pensar que el color rojo cumplía una función práctica y no solo estética?

En las cuevas que he estudiado es habitual encontrar restos de pigmento rojo, en ocasiones formando «signos», y otras veces manchas informes que han recibido poca atención. También hay figuraciones rojas. Lo que comencé a observar es que esos trazos, por difíciles que fueran de clasificar, transmitían una información sutil: reflejan el gesto de alguien que había frotado, palpado o apoyado la pared con las manos, o que había soplado la pintura. Si esos trazos evocaban una acción en una observadora del siglo XXI, pensé que quizá también lo hicieran en quienes exploraban las cuevas durante el Paleolítico.

 

 Vuestro experimento demuestra que el rojo capta antes la atención que el negro. ¿Qué hipótesis arqueológicas se abren a partir de ese resultado?

Estos resultados pueden ayudar a desplazar el foco hacia los mecanismos de percepción. Durante mucho tiempo el arte rupestre se ha estudiado sobre todo desde la clasificación estilística y morfológica. Ese enfoque sigue siendo necesario, pero ahora podemos enriquecerlo preguntándonos cómo determinadas señales visuales eran percibidas en entornos especialmente exigentes como el interior de una cueva.

 

Habéis utilizado participantes del siglo XXI para aproximaros a cómo pudo funcionar la atención visual en el Paleolítico. ¿Os sorprendió que el efecto del color rojo fuera tan consistente?

Nuestros participantes pertenecen a un contexto cultural occidental, lo que introduce un sesgo. Sin embargo, vivimos sobreexpuestos a estímulos visuales intensos y, aun así, el color rojo destacó de forma muy clara. Además, los estudios etnográficos muestran que sociedades cuya subsistencia depende de la caza o la recolección son capaces de interpretar rastros extremadamente sutiles. Eso hace pensar que las capacidades atencionales de los grupos paleolíticos podían estar aún más desarrolladas.

El hecho de que percibamos el rojo responde a una adaptación evolutiva: la longitud de onda del rojo no es captada por todos los mamíferos, pero sí en primates que consumen frutas maduras. Su presencia en humanos probablemente siguió siendo útil incluso en contextos tan particulares como el interior de las cuevas.

 

¿Hubo algún resultado que contradijera vuestras expectativas?

Sí. En las primeras pruebas usamos imágenes donde las pinturas ocupaban casi toda la superficie y no encontramos diferencias significativas entre rojo y negro. Tampoco aparecieron resultados relevantes en escenas urbanas actuales. Eso nos llevó a centrarnos en contextos cavernarios donde las pinturas no dominaran visualmente la imagen.

 

¿Qué tipo de comunicación podían establecer esos signos con quienes recorrían la cueva miles de años atrás?

Nuestra mente interpreta de manera automática señales como huellas o rastros de actividad. Es probable que el simple hecho de percibir una acción humana previa contribuyera a que un entorno potencialmente peligroso pareciera más explorado, más conocido y, en cierto modo, menos hostil. De alguna manera, esos pequeños signos podían «humanizar» el espacio.

 

El artículo menciona las condiciones de iluminación con antorchas. ¿Cómo cambia la percepción de los motivos?

Nosotras no hemos realizado ese tipo de experimentación, aunque otros investigadores consideran que las antorchas fueron especialmente útiles para la exploración. Su luz es irregular e inestable, por lo que la percepción del entorno habría sido fragmentaria. Es probable que ciertos relieves o determinados colores destacaran momentáneamente mientras otros elementos permanecían ocultos.

 

 Después de vuestra investigación, ¿deberíamos mirar con otros ojos esos pequeños signos rojos que a menudo pasan desapercibidos?

Sin duda. Las figuras animales atraen más la atención porque son visualmente espectaculares y fáciles de reconocer, pero esos pequeños signos encierran también una instantánea de la acción humana. Muchas veces aparecen en lugares ocultos y de difícil acceso, y su contexto habla de curiosidad, exploración y superación de los límites impuestos por un entorno complejo.

 

¿Cuál es el siguiente paso?

Nos interesa seguir profundizando en cómo influyen el color y la forma en la percepción y si sus efectos cambian según el contexto. También queremos comprender mejor de qué manera estas señales visuales modificaban la experiencia del espacio y podían influir en la forma en que las cuevas eran recorridas y exploradas por los grupos humanos del Paleolítico.

 

Quizá la próxima vez que entremos en una cueva prehistórica, la clave no esté en los grandes dibujos pintados en la roca, sino en los sencillos signos rojos que alguien dejó hace miles de años para señalar un camino en la oscuridad.