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Yésica Val: la estudiante de la UNED que aprendió a mirar de otro modo
Cuando la incapacidad laboral llamó a su puerta, Yésica sintió que quizá era el momento de estudiar lo que siempre había querido. La carrera de Psicología no solo le devolvió una estructura diaria: también un propósito. Su relación con los textos, sin embargo, dejó de ser inmediata. No creció leyendo en braille —“lo leo a velocidad de caracol”, confiesa— y, como tantos ciegos adquiridos, se enfrentó al relieve de los puntos como un idioma paralelo, exigente y lento, que no siempre acompasa el ritmo universitario. La lectura pasó entonces a depender de la voz: los audiolibros de la Biblioteca Digital de la ONCE se convirtieron en sus verdaderos cuadernos de apuntes.
La dificultad de estudiar asignaturas como Estadística es algo que no olvida. “La vista es un sentido mucho más rápido que las manos”, explica. Comprender fórmulas matemáticas mediante audio o braille técnico, sin acceso visual, exigió una ingeniería mental que la acompañó durante años. Hubo exámenes a los que llegó con estrategias casi quirúrgicas: memorizar teoría hasta la precisión o asistir con un lector que verbalizara las expresiones matemáticas. “Fue terrorífico”, reconoce, “pero también un aprendizaje”.
En ese recorrido, UNIDIS desempeñó un papel esencial. Coordinó adaptaciones, gestionó recursos y tejió una red de apoyos que permitió que cada examen, cada PEC y cada cambio de plan de estudios fuera superable. Entre todos los nombres que han marcado su camino, hay uno que ella subraya: su voluntario. Un hombre que, estuvo siempre ahí para subir archivos, localizar fechas, descargar materiales no accesibles del campus o revisar notificaciones. “Nunca me puso una excusa”, dice ella. “Le estoy profundamente agradecida”.

Esa red humana —voluntarios, tutores, compañeros— hizo posible que lo que para muchos es rutina, para Yésica fuera un camino transitable. Pero no todo fue sencillo. Hubo profesores poco empáticos, dificultades técnicas en el campus, prácticas con contenidos visuales imposibles de interpretar sin adaptación, y barreras que ella tuvo que señalar una y otra vez para que fueran corregidas. “Lo que yo peleé”, afirma, “allanó un poquito el camino para los que vienen detrás”.
Además de psicóloga, Yésica es actriz amateur. Durante siete años hizo monólogos, ahora ha regresado al teatro, su refugio creativo. “El humor también es una forma de resistencia”, dice. Esa energía la ha volcado en su trabajo con asociaciones de mujeres en riesgo de exclusión, donde ofrece escucha activa, sesiones de gestión emocional y acompañamiento psicosocial. También participa en formaciones para impartir talleres y prepara terapia de grupo en otra entidad. “Soy muy activa —admite—. Necesito sentir que hago cosas que importan”.
Pero junto a la actividad y la fuerza, también están las sombras. “Ser psicóloga no te hace más equilibrada”, bromea con sinceridad. Vive sola y es autónoma, pero salir a la calle en una ciudad llena de obras, patinetes y obstáculos invisibles implica miedo, frustración y tensión constante. La pérdida de visión es degenerativa, y cada fase superada ha dado paso a otra más difícil. “En casa estoy segura —dice—, pero fuera tengo miedo”. Aun así, sigue avanzando. Y lo hace con una mezcla de obstinación y ternura.
Para otros estudiantes con discapacidad, deja un mensaje claro:
“Estamos aquí para ser felices y alcanzar sueños. Habrá obstáculos, pero no hay que abandonar. Luchen. Y si algo no está adaptado, peleen para que lo esté. Las batallas de hoy facilitan el camino a los que vienen después”.
La historia de Yésica Val no es un relato de heroísmo individual sino una historia de vínculos: la de una universidad que se hace más universal cuando abraza todas las formas de aprender; la de unas redes que sostienen sin paternalismos; la de una estudiante que, aun sin ver, ha aprendido a mirar de otro modo. Porque a veces —como ella misma dice— basta con encontrar otra manera de mirar.
