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"La resiliencia es un entrenamiento que tenemos que realizar desde las etapas precoces de la vida"
José Carlos Fuertes quería ser cirujano, pero finalmente prefirió la psiquiatría por ser “la más científica de las humanidades, y la más humana de las ciencias”, afirma. Siempre le habían interesado la enfermedad mental y la relación de la psiquiatría con el derecho. De ahí que, tras licenciarse y doctorarse en Medicina, se convirtiera en médico forense por oposición. Este psiquiatra aragonés, que consulta en Zaragoza, Burgos y Madrid, dio sus primeros pasos profesionales en el Hospital de Ciempozuelos, donde se encontró con 1200 personas con enfermedad mental grave. Tras cuatro décadas carrera, su largo currículum incluye el trabajo en los conflictos armados del Golfo, Bosnia y Afganistán, o la atención, como voluntario, a las víctimas del 11-S (se encontraba en Nueva York durante los atentados, con Luis Rojas Marcos). Ahora, convertido en uno de los psiquiatras de mayor impacto mediático en nuestro país, el doctor Fuertes ha intervenido como ponente en el curso de verano de UNED Asturias “Primeros auxilios psicológicos en las crisis personales y las grandes catástrofes”.
En su intervención ha hablado del suicidio como la gran amenaza en el ejercicio de la psiquiatría, y de la depresión como la principal causa del suicidio. ¿Tenemos que actualizar nuestra forma de entender la depresión?
Totalmente. Se sigue pensando que es tristeza, que hay unos problemas en la vida y que tenemos una serie de conflictos, y, cuando ya no podemos más, la persona se deprime. Y eso no es cierto. La persona se deprime tenga o no tenga problemas, tenga o no tenga conflictos. Es más: la persona se deprime mucho más gravemente cuando no hay factores externos. Y eso es la depresión que llamamos primaria, endógena o depresión mayor, y que es realmente la enfermedad. Lo otro son reacciones depresivas, más o menos intensas, lógicas cuando la vida y las circunstancias no son favorables y nos entristecemos.
Así que la esencia de los trastornos no está en el ambiente, como afirmó en su ponencia.
Es pura endogeneidad.
¿Y qué nos revela esto en cuanto al tratamiento que se le puede dar a la depresión?
Que no podemos fiarnos del voluntarismo. La vida siempre ha sido, es y será hostil, desde que el ser humano nace y tiene que respirar, tiene que hacer un esfuerzo, y luego tiene que seguir viviendo, es lucha y devaneo constante. Cuando estamos ante una enfermedad como la depresión, deben intervenir los médicos. Las soluciones esotéricas acaban fracasando. Es absurdo que un gurú nos diga cómo intentar no deprimirse. La depresión no depende de mi voluntad. La depresión no es una opción. No depende de trabajar la mente. Por supuesto que hay que trabajar la mente, tenerla ocupada, darnos cuenta de que algunas ideas son obsesivas, pero nuestro cerebro emocional no se rige por el racional. El sistema racional, frontal, está separado y no tiene capacidad de decirle a la persona “ponte triste” o “ponte alegre”.
¿El enfoque tiene que ser muy biológico?
Para mí, sí. Llevo 40 años de profesión, y tiene que ser biológico porque, si la voluntad no es el arma, tenemos que influir en los cambios neuroquímicos que sí sabemos que existen cuando una persona se deprime, si nos centramos en la depresión. O en la ansiedad, o en las alternaciones cognitivas que se producen en una demencia. Decir que la depresión depende de la voluntad es un error y una crueldad para un paciente que no puede levantarse de la silla y le estamos pidiendo que aparente que está bien y que luche.
Y que podría sentirse culpable.
Si no mejoro, es porque no hago lo que me dicen. Y si no hago lo que me dicen, es que soy mal enfermo. Por lo tanto, soy malo.
¿Se puede predecir una conducta suicida?
Es parcialmente previsible. Es inevitable porque una persona toma una decisión en un momento determinado, la puede ocultar, camuflar, y luego ejecutarla. ¿Previsible? Hay rasgos, como el consumo de alcohol en grandes cantidades o de sustancias tóxicas, que indican una autodestrucción; la conducción temeraria; el simple hecho de tener una depresión, que debe vigilarse, especialmente en el caso de los varones que están entre los 50 y los 70 años, y más si son solteros o viudos; pero la predecibilidad del suicido está basada en unas pruebas psicométricas, test, que tienen poca validez.
¿El haberlo intentado antes ya aumenta las probabilidades?
Sí, cuando una persona ha coqueado ya con el suicidio puede aumentar las posibilidades de que lo llegue a ejecutar, porque le ha perdido el respeto y en ese momento su disociación es tal que piensa que solamente con la muerte va a descansar.
¿Cómo debe actuar un profesional en un contexto de primeros auxilios cuando se encuentra con una persona que quiere terminar con su vida?
Lo primero, debe tener una idea clara de que esa persona está en una situación extrema y lo último que hay que hacer es propiciar que el acto se haga realidad, y hay que comportarse de una manera natural, sencilla, comprensible, no pretender consolar de una manera artificiosa, basándonos en toda esa serie de influencias televisivas que tanto daño hacen, e intentar entender lo que está pasando por su cabeza. Eso es lo que tiene que hacer un profesional. Y en base a esto, se irán tomando unas decisiones u otras, si es un problema afectivo, laboral, o un malestar global con el mundo, con la vida. Según lo que ocurra, hay que ir cambiando el chip.
¿Por qué aumentan los suicidios entre los jóvenes?
Porque no aguantan que las cosas no salgan como ellos quieren, no resisten la adversidad, unido al gran consumo de sustancias, precoz e intenso. Y en el varón influyen las hormonas, la gran cantidad de testosterona, y, por tanto, la impulsividad manifiesta.
Esa falta de resistencia entronca con el tema de su segunda ponencia, que se centra en la resiliencia. ¿Cómo debemos entenderla y qué importancia tiene?
Es un entrenamiento que tenemos que realizar desde las etapas precoces de la vida. Por lo tanto, son nuestros padres y familiares quienes nos tienen que ayudar. Mis padres me tienen que entrenar para aguantar el chaparrón igual que se entrena a un boxeador para recibir golpes. A un hijo se le entrena frustrándole, diciéndole a unas cosas que sí y a otras que no. Sin magnificar cualquier pequeño logro que haya conseguido como si hubiera subido al Everest. Y dedicándoles tiempo, estando con ellos, saber su vida, respetar su intimidad, pero educándole en el esfuerzo, el tesón. Y tiene que aceptar la disciplina. Pero si el muchacho no rinde por una cuestión de enfermedad, hay que tratarlo y darle mucho cariño. El cariño en su justa medida es una medicina que sirve para todo.
¿Cómo se inició su colaboración con los medios de comunicación?
Empecé básicamente porque en la Expo de Zaragoza, mi tierra, que me vio en una conferencia el director de un programa de Aragón, y después se fue a Antena 3, y me llevó a Espejo Público, y después Equipo de Investigación… He tenido unos años de colaborar con los medios con mucha asiduidad, pero después he tratado de distanciarme, porque cansa, y porque es bueno que los espectadores vean otras caras, que haya una autocrítica, una cierta reflexión, porque los medios solo tratan temas que están muy de actualidad, y enseguida pasan. Pero ha sido una experiencia muy gratificante y he podido transmitir mi punto de vista sobre la enfermedad mental, he podido criticar decisiones políticas y luchar contra los prejuicios que hay sobre los enfermos mentales.
¿Qué prejuicios considera que permanecen y deberíamos evitar?
Que la locura no tiene cura y si tiene poco dura, que los enfermos mentales son peligrosos, y te pueden agredir y matar, o que resultan pesados...
¿En este aspecto no hemos mejorado como sociedad?
No. Hemos empeorado. Antes las cosas eran más claras y estaban más delimitadas. Ahora se ha hecho una psiquiatrización de la vida, todos son síntomas psiquiátricos, y no es verdad, y luego se ha pasado de la fobia a la filia, del miedo a la utilización de los diagnósticos psiquiátricos para sacar ventajas fiscales, económicas por discapacidades, incapacidades laborales, inimputabilidades... Todo lo legal se ha contagiado de psiquiatría, por la dificultad de objetivar.
Y para eso están los psiquiatras forenses.
El perito vierte sus conocimientos ante el tribunal, pero el juez no tiene por qué tenerlo en cuenta, en el ámbito psiquiátrico y en cualquier otro campo. Sí obliga al juez a explicar por qué no le hace caso. El juez es el peritus peritorum (el perito de los peritos). Puede no hacer caso a los peritos, pero luego hay decisiones judiciales que terminan anulándose.
De la psiquiatría forense puede depender que una persona vaya a la cárcel o no.
Por supuesto, o que la custodia de un niño la tenga el padre o la madre, o que tengamos una estafa que no se condena porque se aprecia un atenuante, o que una conducción temeraria tenga otra lectura porque hay un alcoholismo. Hay muchas implicaciones médico-forenses.
¿Tenemos algo que aprender en este ámbito de otros países, por ejemplo, de los países anglosajones?
Allí es muy diferente. Tienen una mayor especialización. En España la psiquiatría infanto-juvenil apareció hace dos años o tres años. Y era algo superado en los países anglosajones y nórdicos.
¿Qué nos puede decir de sus experiencias como médico en la Guerra del Golfo, y en las de Bosnia y Afganistán?
Estuve allí como médico de medicina general. Son experiencias que enseñan a que nos tenemos que quejar un poco menos y ser más humildes.
