ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE
EL INICIO DE LA ARQUERÍA PREHISTÓRICA

 

 

INTRODUCCIÓN

 

    La idea generalizada de la funcionalidad como elementos arrojadizos de las puntas solutrenses ha sido casi siempre más intuitiva que científica. Sin embargo, el examen exhaustivo tanto de las puntas de aletas y pedúnculo y como de las puntas de muesca de retoque abrupto del Solutrense Extracantábrico ha demostrado que este tipo de utillaje fue concebido para un uso como punta ligera de proyectil (Muñoz, 1997, en prensa). Este estudio se realizó sobre una muestra de 70 puntas de aletas y pedúnculo y 511 puntas de muesca procedentes de los yacimientos de la Cova del Parpalló (Gandía, Valencia) y la Cueva de Ambrosio (Vélez Blanco, Almería). Ambas estaciones son las únicas con series líticas especialmente significativas para realizar un análisis de esta naturaleza. En el resto de las estaciones del Solutrense Extracantábrico, la extrapolación que se podría hacer de sus exiguas colecciones de puntas de proyectil no sería suficientemente representativa de las mismas.

    Diversos autores (Jordá, 1958; Smith, 1966; Rasilla, 1989) han especulado sobre los sistemas de propulsión del utillaje solutrense. Entre ellos, como idea más recurrente se sitúa el posible uso del arco como una invención de este periodo. Incluso, diversos especialistas en arquería prehistórica y antigua propugnan la posible aparición del arco en el Paleolítico Superior Inicial, con las puntas de la Font-Robert como los primeros proyectiles de flecha, (Bergman et alii, 1988).

    Sin embargo, su evidencia material no se documenta hasta el Mesolítico. Esto ha llevado a otros autores (Rozoy, 1978,1992, 1993) a situar el origen de la arquería en este momento, considerando los elementos microlíticos como las primeras puntas de flecha. Es indudable que los primeros testimonios de arcos, astiles, puntas enmangadas en éstos y restos óseos con marcas de penetración de proyectiles, incluso puntas clavadas sobre ellos, se sitúan en este periodo.

    Los primeros arcos documentados aparecen en el norte y este de Europa, donde las características singulares del depósito arqueológico han permitido su conservación. En muchos casos se trata de evidencias recuperadas en zonas pantanosas, hábitat en palafitos, o en regiones de tundra, donde se han creado las condiciones necesarias para que hayan podido llegar relativamente intactos hasta nuestros días. Los ejemplares más antiguos corresponden a los arcos recuperados en el yacimiento danés de Elm (Alrune, 1992), que está fechado en el Dryas III, y en el alemán de Stellmoor (Rust, 1943), datado en el mismo periodo. Siguiendo una evolución cronológica, en el final del Boreal se situarían la estación danesa de Holmegaard (Becker, 1945; Mathiassen, 1948) y en la cuenca del Petchora el yacimiento ruso de Wis (Bourov, 1973), cuya cronología oscila entre el final del Boreal y el inicio del Atlántico. Asimismo, del final de este periodo, el Ertebölliense, como últimos ejemplares mesolíticos se documentan los arcos aparecidos en las estaciones danesas de Muldbjerg (Troels-Smith, 1959) y Braband (Tomsen y Jessen, 1904). También, del Neolítico se han podido recuperar algunos arcos, como el del yacimiento ingles de Meare Heart (Clark, 1963) o el de Charavines en Francia (Bocquet, 1994), datados en el 2960±120 a.C. y hacia el 5000 a.C., respectivamente.

    Como en el caso de los arcos, las primeras evidencias de astiles de flecha conservados pertenecen a estaciones situadas en latitudes septentrionales. En el yacimiento alemán de Stellmoor (Rust, 1943), cerca de Hamburgo, se han recuperado casi un centenar de astiles con una ranura estrecha y rectangular en su extremo proximal para ser encajada en la cuerda del arco, que se fechan en el Dryas III. En la estación danesa de Loshult (Petersson, 1951; Malmer, 1968) se encontraron dos ejemplares pertenecientes al Boreal Antiguo. Asimismo, en Vinkel se documentan varios astiles datados en la fase final del Boreal (Troels-Smith, 1961), igual que los del yacimiento ruso de Wis (Bourov, 1973).

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