ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE
EL INICIO DE LA ARQUERÍA PREHISTÓRICA

 

 

LA FLECHA

 

    La flecha, está formada por el astil -emplumado o no en su extremo proximal- y la punta de proyectil en el extremo distal. Presentan un tamaño y peso variable en función de la longitud de tensión del arco, así como de la propia función para la que fue ideada la flecha. No es igual una flecha concebida para matar un ave y obtener sus plumas que otra destinada a cazar un búfalo a caballo.

    La afirmación según la cual, un arquero de estatura media no puede disparar una flecha de más de 75 cm. porque es la longitud disponible aproximada entre el brazo tenso que sujeta el arco y el brazo flexionado que tira de la cuerda (Pope, 1962), no es del todo correcta ya que la punta de flecha no necesariamente tiene que llegar hasta el lomo del arco. Por ejemplo, algunas flechas de caña de los indios brasileños son únicamente tensadas hasta 1/3 de su longitud total, (Heath y Chiara, 1977). Por regla general, en los arcos simples las flechas no pueden tensarse más de la mitad de su longitud total sin que haya un riesgo importante de fractura, (Hamilton, 1982). Por lo tanto, la relación entre la longitud del arco y la longitud de tensión no puede ser mayor de 2:1. Sin embargo, en las experimentaciones de C. Bergman, E. McEven y R. Miller (1988) con un arco simple de tejo, esta relación llega a 2,4:1. La longitud de los ejemplares arqueológicos presenta muy pocas variaciones. En Homelgaard oscilan entre los 70 cm. y los 90 cm. Aquí los astiles más cortos presentan dos muescas en "V" que permiten unir dos piezas en una sola hasta alcanzar longitudes máximas de casi 1 m. La parte más corta es donde se aloja la punta. Al ser esta zona la más frecuentemente fracturada, este sistema permite reemplazar sólo el fragmento dañado y no hacer un astil totalmente nuevo, que necesita una gran inversión de tiempo en su fabricación. En Loshult el ejemplar conservado alcanza los 88 cm., mientras que en Vinkel se sitúan entre 101 cm. y 102 cm. El diámetro de los astiles oscila, por regla general, entre los 8 mm. y los 9 mm., siendo muy raros los ejemplares que sobrepasan los 10 mm. y los que no alcanzan los 5 mm. Por lo tanto, la evidencia arqueológica constata que la relación entre la longitud de tensión y la longitud de la flecha es algo superior a 2:1. No obstante, es imposible conocer si la tensión de las palas provocaba que la punta de proyectil retrocediera hasta el lomo o por el contrario no se tensara hasta su longitud total.

    El material para la fabricación de los astiles puede ser muy variado y su elección depende en gran medida de los recursos que ofrezca el entorno. Árboles jóvenes, ramas y cañas son un buen soporte para la obtención de astiles. En todos los yacimientos citados la madera usada es el pino (Pinus sylvestris) y en todos los casos los astiles se han elaborado a partir de troncos muy gruesos, eliminando toda la albura y dejando únicamente el núcleo central del duramen. La estimación que hace A. Rust (1943) sobre la edad de los árboles usados en la fabricación de los astiles de Stelmoor, 50 años, parece excesivamente elevada. Lo que sí queda constatado es que las flechas se realizan a partir de árboles relativamente viejos y no sobre ramas jóvenes. Los troncos están cuidadosamente elegidos y no presentan nudos o deformaciones. A pesar de esta esmerada selección, es probable que algunos ejemplares debieran ser rectificados por calentamiento para conseguir una morfología rectilínea, debido a que el uso de cinceles de hueso para la extracción de los soportes (Rozoy, 1978) no permite una total precisión en este trabajo. Incluso algunos investigadores (Olsen, 1973; Bergman et alii, 1988) han indicado que el bastón de mando podría servir para este uso. Sin embargo, los astiles de madera enderezados por calor, generalmente, permanecen menos tiempo rectos. Los astiles han sido cuidadosamente pulidos mediante raspado y/o abrasión, aunque es muy difícil individualizar una técnica de otra ya que sus resultados son muy parejos (Stordeur-Yedid, 1975; Camps-Fabrer, 1975).

    El uso de otras especies vegetales, como la caña, es actualmente muy difícil de atestiguar debido a un problema de conservación diferencial. Aunque su vida útil es muy reducida y únicamente servirían para cobrar piezas de caza menor, la rapidez con que se fabrican los hacen bastante rentables, (Olsen, 1973). Es relativamente fácil encontrar fragmentos rectos de forma natural y el centro hueco de la caña es ideal para insertar una punta de flecha larga y estrecha (Elmer, 1952).

    Las puntas de flecha presentan un gran poliformismo, aunque generalmente la morfología y los materiales de las mismas están íntimamente unida a su funcionalidad. Así, hay puntas de madera muy aguzadas, de metal y de piedra; puntas redondeadas, transversales, etc.

    "Desde el punto de vista aerodinámico, la forma idónea es el cilindro rematado en cono (forma de huso o bala). Pero esta forma (que es la utilizada en competición) no es útil para la caza, ya que al mismo tiempo que penetra en los tejidos del animal hace -el astil- de tapón evitando el desencadenamiento de la hemorragia. Entonces, la forma idónea para la caza es aquella que teniendo un desarrollo aerodinámico suficiente permite crear una herida amplia que no sea taponada por el astil. La forma ideal es aquella radial con aspas de sección hemifusiforme que dejará en el animal una zona cruenta amplia e imposible de taponar por el astil. Dentro de este grupo, la única accesible a su fabricación con los medios disponibles en el Paleolítico es la plana (dos aspas)". (Rasilla, 1989).

    Las puntas cónicas y largas de un diámetro similar al del astil penetran muy mal en los tejidos animales, ya que no generan un corte limpio en la herida y el rozamiento con los bordes de la misma provocan que se frene. Así, las puntas de sílex y, sobre todo, las de obsidiana penetran mejor en los tejidos que las de acero. Además, el ángulo que forma el extremo distal de la punta es un elemento importante que influye en la penetración del proyectil: cuando mayor es el ángulo, mayor es la posibilidad de que la punta rebote en el blanco. Estudios experimentales demuestran que las piezas con ángulos superiores a 56º tienen una gran probabilidad de rebotar en el blanco (Odell y Cowan, 1986).

    El último proceso en la fabricación de la flecha es el emplumado de la misma. Este consiste en varias plumas colocadas en el extremo proximal del astil para ayudar a estabilizar el proyectil durante el vuelo y a trazar una trayectoria rectilínea. La longitud y anchura de las plumas deben ser proporcionales a la longitud y peso de la flecha para evitar un rozamiento innecesario que provoque una merma en la capacidad de alcance y de penetración. Existen dos formas de emplumado: el radial, en donde 3 ó 4 plumas partidas por la mitad, conservando el raquis, se unen por separado al astil quedando equidistantes entre sí y, la tangencial, en donde dos plumas enteras se colocan enfrentadas sobre el astil. Lógicamente, en el material arqueológico de la secuencia europea no existen evidencias directas del uso de flechas emplumadas, aunque los primeros indicios de dardos con un posible emplumado para ser lanzado con propulsor proceden del Magdaleniense (Mayet y Pissot, 1915). Teniendo en cuenta la complejidad de las operaciones llevadas a cabo en la fabricación de los astiles mesolíticos, es probable que éstos tuvieran plumas. No obstante, este elemento no es imprescindible para que la flecha pueda ser disparada desde el arco.

    El emplumado del astil y la sujeción de los proyectiles al mismo, aunque estos últimos pueden estar únicamente atados con fibras vegetales o tendones animales, presupone el uso de elementos adhesivos. Las colas puramente orgánicas han desaparecido, aunque las estrías y acanaladuras del utillaje óseo atestiguan su empleo al menos desde el final del Solutrense. Las diferentes investigaciones sobre este tema han demostrado que las resinas vegetales son bastante eficientes para la sujeción del utillaje. La resina de abedul (Betula alba) se ha mostrado mucho más eficaz y resistente que la proporcionada por las coníferas (Olsen, 1973). Sin embargo, la combinación de resina de pino (3 partes) y cera (1 parte), añadiendo polvo de ocre como emulsionante, forma una mezcla homogénea parecida al lacre. Para ligar estos tres elementos se necesita una fuente de calor no muy elevada, alrededor de 120º, aunque si la resina de pino se sustituye por la de abedul el punto de fusión es más bajo, (Allain y Rigaud, 1989). La efectividad de este pegamento queda demostrada por su empleo hasta principios de siglo para fijar útiles metálicos en una espiga de madera. La presencia de resinas vegetales se documenta por primera vez en astiles y proyectiles del neolítico lacustre del norte y centro de Europa (Déchelette, 1908; Mathiassen, 1948; Troels-Smith, 1959; Vogt, 1952; Clark, 1963; Rozoy, 1978). No obstante, en los yacimientos magdalenienses de Garenne (Allain y Descout, 1957), Lascaux (Leroi-Gourhan y Allain, 1977) y Pincevent (Leroi-Gourhan, 1983) aparecen elementos líticos y óseos con restos de ocre como posible testimonio indirecto del uso de este tipo de adhesivo. Tampoco se puede descartar el empleo de colas realizadas a partir de piel, hueso o espinas de pescado mediante una cocción más o menos prolongada, añadiendo como aglutinante un poco de cal viva, aunque lamentablemente no dejan ninguna huella identificable de su posible uso. Entre todas ellas, la más efectiva es la llamada "Cola de Moscovia" obtenida a partir de la vejiga natatoria del esturión (Allain y Rigaud, 1989).

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